Trabajadores otra vez

La memoria es frágil. Pero el 1 de mayo parece excepcional. La clase trabajadora resucita a los cinco mártires de Chicago todos los años: Georg Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons y Auguste Spies, quienes murieron ahorcados. También Louis Linng, quien se voló la cabeza antes de iniciar la marcha hacia la horca.

Después de 135 años, seguimos recordándoles, aunque cada vez se va deslavando el concepto de “trabajadores”. Hay algunos que les gustaría hablar del “Día del Trabajo”: del sustantivo, sin sujeto. Y es difícil hablar de “trabajadores”, cuando han instalado la idea de “colaboradores”, “emprendedores” y “socios”. Sin embargo, estos términos van siendo desplazados en la peor pandemia de los últimos 100 años, cuando queda al descubierto que son pocos los que ganan y muchos los que pierden. Estos muchos son los trabajadores y esos pocos son los grandes empresarios. Un trabajador que gana un sueldo mínimo tendría que trabajar más de 50 mil años para ganar lo que el Presidente ganó en un año ($300 millones de dólares).

La ilusión de ser “clase media” también va desapareciendo. Demasiado pobres para ser considerados como tal, a pesar del mito instalado en las últimas décadas. Autodenominarse clase baja no sirvió para acceder al bono de clase media. Lo bueno es que se quita el velo y se demuestra que Chile es un país donde predomina la clase trabajadora. Una clase precarizada, que sobrevive y que, a pesar de trabajar toda su vida, basta con quedar desempleado para quedar en situación de pobreza. Menos suerte corren aquellas personas subempleadas de jornada part-time, quienes viven la peor cara del sistema: a pesar de trabajar son pobres.

Este 1 de mayo es especial. Reconocerse como parte de la clase trabajadora es fundamental para saber cuales son sus intereses. No lo es “ponerse la camiseta por la empresa”, pues ya hemos visto que en tiempos de crisis a pesar de tener la camiseta bien puesta, el empresario igual prescinde del trabajador.

La “lucha de clases” deja de ser un mito y cuestión de resentidos. Es palpable: empleadores que registran utilidades suspendieron el contrato de sus trabajadores para no pagar sus sueldos, mientras reparten utilidades con sus accionistas. Así de evidente. No se trata de un invento, sino de una constatación. Más aun cuando el presidente de la República es uno de los cinco más millonarios de Chile. Ni siquiera se trata de un mediador de intereses en conflicto: es un defensor acérrimo de su clase.

Como contrapartida, la clase trabajadora actuó en estos últimos días. Fue consciente de las acciones de Sebastián Piñera para privarles de acceder a sus fondos de pensiones. La clase trabajadora se movilizó y ganó. Hizo vacilar inclusive a una de las instituciones más fieles al régimen actual que favorece a la élite política económica y política: el Tribunal Constitucional.

Reconocerse como parte de la clase trabajadora no significa negarse al diálogo. Significa no hacerlo mendigando, sino de igual a igual. Pero aún cuando se tenga disposición de dialogar, no se debe ser ingenuo. Los ricos y poderosos nunca han permitido que pacíficamente sus privilegios les sean arrebatados. Por lo tanto, una preparación de la clase trabajadora para ganar significa hacerlo en serio, preparándose para todos los escenarios de la lucha política.

En estos tiempos de cambios, es importante que como clase trabajadora defendamos un proceso constituyente protagonizado por nosotres. Y así avanzar a una Nueva Constitución que tenga por sujeto principal a los pueblos de Chile, reconociendo que gran parte de ellos está conformada por la clase trabajadora, aquella que vive de su fuerza de trabajo: sea trabajador/a informal, no remunerada dedicada a trabajos de cuidados o asalariados/as. La pandemia, dentro de todo lo malo, ha permitido algo: ser trabajadores otra vez.

*Por Javier Pineda Olcay, editor de Convergencia Medios

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