¿Qué educación queremos en la nueva constitución?

Por José Manuel Vega
Militante de Convergencia 2 de Abril

 

En la actual Constitución Política de Chile se establece que el Estado se limita a garantizar ciertos derechos sociales, mientras que se repliega, en otros casos, para dar paso a que la iniciativa privada responda ciertas necesidades y provea algunos otros “derechos sociales básicos”, mientras que el Estado se limita a garantizar que los privados puedan desempeñar ese rol (artículo 19). Dentro de estos últimos encontramos, por ejemplo, el derecho a vivir en un medioambiente limpio y libre de contaminación y el derecho a la educación. Esto, pues, si bien se escritura y asegura en la actual Constitución la entrega de esos derechos, el artículo 20 no los defiende con recursos de protección; es decir, el poder judicial no velará porque se cumplan esos derechos hasta la última instancia (como lo hace con el derecho al libre trabajo y contratación, por ejemplo).

He ahí, entonces, dos temas fundamentales que son necesarios introducir en la nueva Carta Magna, pues, para generar cambios reales en la sociedad chilena, necesitamos a un Pueblo bien formado, que se mueva en un mundo sustentable, que permita el desarrollo futuro. Pero, si afinamos la mirada en torno al primer tema, cuál es la educación que realmente queremos. Cómo debe ser. Qué no tenemos hoy que sí quisiéramos tener mañana. Se me ocurren un par de ideas.

Si bien las Constitución Política de un Estado es la principal base a partir de la cual se estructuran las leyes que determinarán a sus habitantes y sus instituciones, es un texto abierto, abstracto, que requiere de un gran cuerpo de leyes que le den vida. Por tanto, será necesario ser audaces e introducir en el proceso de discusión y redacción de la Constitución algunos conceptos fundamentales que imaginamos deberán estar en nuestra educación del futuro. A partir de allí, el diseño de las leyes subsecuentes interpretará dichos conceptos, concretizando esa idea de educación para el futuro que se disponga en la Carta Magna.

El primer de esos conceptos que pienso como fundamental para una educación que genere cambios radicales en la sociedad y permita a la gente sostener dichos cambios, es la educación para el pensamiento crítico.  Hoy, el sistema escolar no está pensado en otra cosa que lograr buenas calificaciones en los sistemas estandarizados nacionales e internacionales, que se predeterminan mediante pruebas de alternativas y sistemas únicos. Esto, genera la reproducción de contenidos monolíticos, es decir, conocimiento producido hace décadas, inamovible, depositado en las retinas de los estudiantes. No quiere decir que la cultura heredada se omita, sino que se conjugue con otros tipos de aprendizaje, dinámicos, surgidos de la experiencia y del raciocinio del estudiante. Una educación para el pensamiento crítico necesita una reforma profunda del currículum escolar: debe haber un cambio de paradigma, donde el conocimiento no se comprenda como datos a memorizar, sino que como proceso intelectivo de resolución de problemas presentados o descubiertos, y que rompa con la separación artificial de las diciplinas, buscando la integración e integralidad; esa es, a mí modo de ver, la gran manera de preparar a las nuevas generaciones para construir y reconstruir sus vidas futuras, tanto individual como colectivamente. 

El segundo concepto que considero se debe introducir en la Carta Magna, para afinar nuestra definición de educación, es el de educación socioemocional y afectiva, que obedece a cambios radicales en la manera de comprender la formación del ser humano – o, por lo menos, como occidente lo ha entendido por dos o casi tres siglos -. La escuela tradicional siempre pensó en educar sujetos que le fueran útiles, con sus oficios, sus carreras profesionales, y el desarrollo de algún rol en el concierto económico nacional, o mundial. Aquella concepción, como ya adelantamos, solamente concuerda con una entrega bancaria del conocimiento[1], lo que no concuerda hoy con un mundo mucho más dinámico, incierto y cambiante. Entregar espacios de conocimiento emocional, desarrollo y manejo de los sentimientos, desarrollo de la inteligencia interpersonal e intrapersonal, se vuelven imperativos para poder formar sujetos que se adapten rápidamente a la fugacidad del contemporáneo siglo XXI; desde allí surge la posibilidad de construir, o liberar, nuevas masculinidades, de incorporar en las conciencias ciertas enseñanzas que el feminismo nos ha dejado, de conectarnos con nuestra identidad, con las tradiciones, entre otras tantas posibilidades. Y, para ello, la multidimensionalidad del individuo debe potenciarse en todos los sentidos posibles. La resiliencia, el carácter y la solidaridad, serán claves en el futuro inmediato que se asoma.

Y, como tercer y último concepto a esbozar en este breve artículo, me parece importante que la educación hoy debe pensarse como un ejercicio colectivo, de preparación y cualificación colectiva. Esto supone, nuevamente, un cambio de visión, de estructura mental, de superación de esquemas hegemónicos, donde la base y pilar fundamental del funcionamiento de la sociedad es el individuo, el sujeto social, pero individual. El avance hacia una educación del colectivo, que piense en la educación de una comunidad, de una generación, de una sociedad en su conjunto, implica en la práctica muchos cambios, que repercuten en cómo dicha generación se comprenderá a si misma y construirá su presente y su futuro. Una educación en esos términos supera la cuantificación, la calificación y el ranking, la competencia, fortalece y potencia al colectivo durante los procesos de aprendizaje y evaluación constante, supera el trabajo individual, carente de diálogo, discusión y construcción colectiva de ideas y proyectos. Una educación que piensa en el colectivo piensa en la inclusión, es inclusiva por naturaleza.          

Esos tres conceptos, como ya he mencionado, me parecen fundamentales para dejar estipulados en una constitución que busque una educación distinta, liberadora. No es el final sino que el comienzo, pero un comienzo con buenos cimientos.

Esta columna es una invitación a pensar, reflexionar y debatir. Sabemos que queremos una educación distinta, mejor, de calidad. Pero estamos en el crucial momento de plasmar qué es educación de calidad realmente; es económico, sí, pero es mucho más que eso, y tiene ribetes trascendentales. Estamos a meses de un debate de largo alcance, que finalizará con un constitución que nos rija, al menos, una década, y el campo popular, y las fuerzas de cambio, deben saber posicionarse y aprovechar las pequeñas ventanas de la sociedad para introducir cuestiones fundamentales, que nos permitan concretar ganadas importantes en el mediano y largo plazo, por lo menos a nivel social y cultural.

 

[1] Término acuñado por el educador popular brasilero Paulo Freire, aludiendo a la cosificación del conocimiento y cómo las escuelas funcionan hoy como bancos de datos, donde el estudiante es depositario de monolitos, y no tiene nada que entregar a cambio, siendo un sujeto completamente pasivo.

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Autor entrada: Carlos Alberto

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Anibal
13 días atrás

Muchas Gracias José: nteresante y sólido planteamiento. Muy claro y preciso, en la línea general de muchas aspiraciones del otrora Movimiento Pedagógico del Colproch…diseminado y extinguido por el afán de poder y hegemonía de unos pocos por sobre otros…La Pedagogía de La Liberación, desde Brasil y el currículum integrador, socio cognitivo propuesto por los progresistas españoles que se desea promover y defender necesita de profesores con una formación inicial totalmente distinta a la de estos últimos 20 o 3O años, sometidos a las leyes del mercado en dónde cualquier casa de dos pisos remocionada y sendos pendones publicitarios sobre sus… Leer más »