Gabriela Mistral: la triple dimensión de la educación

“El conocer y el saber son relaciones interpersonales,
son modos de convivir”
Humberto Maturana y Ximena Dávila

Por José Manuel Vega, militante de Convergencia 2 de Abril

Gabriela Mistral fue una gran poetiza, qué duda cabe. Pero ella tenía otra gran veta, igual de rica y productiva que sus poesías y prosas. Una veta menos conocida popularmente, por su tendencia a escribir a retazos, diseminadamente, en revistas o cuadernos sueltos, pero recientemente redescubierta y explorada. Nos referimos al campo del pensamiento pedagógico, del ejercicio intelectual entorno a su profesión de maestra rural y urbana. Una profesión que ejerció desde muy pequeña, sin título siquiera que la acreditara, pero que la llenó de ternura y conmovió su corazón, motivando su escritura, desde su adolescencia hasta su último día.

Leerla es encontrar una guía para cruzar el desierto, como calificarán Warnken y Zegers la lectura de su prosa educacional, en tiempos donde la educación pareciera que se nos presenta como un árido camino, obstaculizado por estructuras escolares añejas y anquilosadas, con metodologías y conocimientos propios de otros siglos. Gabriela Mistral era una intelectual rebelde y creativa que desarrollaba la reflexión constantemente, y que no tenía problemas en señalar una educación distinta, alternativa al modelo formativo imperante. Su visión de la educación comprende dicha labor como un trabajo humano, en el sentido más humanista de la palabra, de sujetos de carne y hueso, con espíritu y sentimientos. Creo que ese acervo cultural profundamente humanista y su espesor intelectual, la volverá una autoridad en el plano de las ideas, a nivel latinoamericano y mundial… y desde ahí, pienso, es que llega el Premio Nobel, como una forma de retribución a sus ideas y aportes.

La poetiza alberga una mirada estética, ética y espiritual de la educación.

Será estética la labor formativa porque trata de lo bello. El maestro debe provocar al alumno, incentivarlo y provocar su curiosidad, para que este explore sus máximas posibilidades y desde la creatividad e imaginación encuentre las respuestas necesarias. Por otro lado, el mismo encuentro humano entre dos personas será hermoso, siempre que sea con entrega total, actitud y gesto. Maestro y aprendiz deberán actuar con libertad e ingenio; el primero para entregar la palabra adecuada, transmitir el amor por la enseñanza y la pasión del descubrimiento; el segundo para corresponder la generosa y humana entrega del primero, para definir y descubrir su identidad propia, y sacar el máximo provecho de sus capacidades infinitas.

Será ética la labor formativa, porque implica para el profesor el contacto y formación interior de otro ser humano. Por ello, escribirá que, sin lectura ni cultivo propio, el maestro queda vacío prontamente, y no se corresponde con la altura de su profesión. Hacerse cargo del acompañamiento de un grupo de alumnos requiere responsabilidad, ya que su persona entera es una narración, un ser, un estar y una presencia, transmitiendo valores y espíritu. Un docente será más que un trabajador normal; se pierde quien se dedica a la docencia sin amar profundamente, sin entregarse por completo, pues en sus manos está el presente de un niño, la formación de un adolescente.    

Y será espiritual la labor formativa, será de una hondura increíble. Gabriela era una persona profundamente espiritual, de una búsqueda mística incesante. Creyente, por la fuerza interior que le da la fe religiosa. Ella afirmará vehementemente la necesidad de una profesión que, desde la espiritualidad, entregue espacio a los educandos para que cultiven su fuero interno, para crecer en su interior, intelectualmente y en el alma. El alma y el espíritu son los pilares desde los que se levanta una persona y despliega su fortaleza. Espíritu, alma y vida.

Debemos, los maestros, tener siempre presente esta tríada de Gabriela. Una educación estética, ética y espiritual no sólo es posible, sino que es necesaria, y es posible porque es necesaria.

Para generar cambios reales en la profesión del maestro, no debemos hacer siempre lo mismo. Y así como Gabriela lo hizo hace ya un siglo, debemos seguir bogando por una pedagogía humanista y humana, en el más hondo sentido de la palabra.    

Mistral, una lectura que sin duda acompañará interiormente al maestro en sus días de disposición y entrega; una lectura imperdibles e imperecederas, sobre todo en estos períodos de conflictividad social, en el que se remecen todos los cimientos y surgen espacios para la renovación.

 

*Imagen del Museo Gabriel Mistral de Vicuña

Autor entrada: Carlos Alberto

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