Coronavirus y el problema colonial

“Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que suscita su funcionamiento es una civilización decadente”.
(Aimé Césaire, Discurso sobre el colonialismo)

Por Pablo Vega

La pandemia que estamos viviendo hoy ha vuelto a develar las muchas falencias y contradicciones del sistema en el que vivimos. El colapso del medioambiente se muestra inminente, la lucha de clases se agudiza día a día, la economía sufre los primeros golpes. Se hace evidente, además, el contraste entre el “primer mundo”, representado por las potencias occidentales, y el “tercer mundo”. Este problema deja de manifiesto un asunto mucho más profundo, y es al que me quiero referir en este artículo: la colonialidad.

            Entendemos por colonialidad la manifestación de ciertos rasgos y prácticas propias del colonialismo en naciones que otrora fueron ocupadas por potencias del primer mundo. A mediados del siglo XX, se empieza a esbozar una crítica anti colonial, que denuncia las prácticas y violaciones de los colonizadores en los países ocupados. Uno de los referentes de este discurso es Aimé Césaire, político y poeta martiniqués reconocido por su Discurso sobre el colonialismo. En éste, el autor afirma que una de las contradicciones más profundas que vive Europa es que se espanta de la violencia sólo cuando ésta le afecta a sí misma, pero que no se inmuta con todas las violaciones y vejaciones cometidas fuera de sus fronteras. En el fondo, la miseria sólo le preocupa a Europa cuando le agobia a ella. La historia nos ofrece varios ejemplos al respecto, y hoy el coronavirus nos vuelve a recordar tan infame realidad. Cabe preguntarse, entonces, ¿qué habría pasado si el coronavirus no hubiera llegado a Europa?

Porque, es verdad, el contagio y la propagación del coronavirus han tomado niveles gigantescos, y la imposibilidad de combatir el virus es un hecho alarmante. Sin embargo, al ser este un problema que ataca a todo el mundo, el tema va más allá, y es necesario tener una perspectiva mundial. El mundo en el que vivimos hoy funciona en base al sistema mundo, en el cual los países periféricos (en Asia, América Latina y África) deben producir para alimentar las economías de los países centrales, aquellos que gozan de bienestar económico y social. La pandemia del coronavirus, hay que decirlo, ha atacado a todos los continentes sin distinción de clase o etnia, sin embargo es el sistema político y económico el que segrega y establece una barrera entre ricos y pobres. Porque no es lo mismo vivir en un país donde hay recursos y un sistema público funcional y preparado para enfrentar la pandemia que tener que sufrir los embates del coronavirus en un continente inestable y que no tiene la capacidad de enfrentar problemas de esta magnitud.

Estos países periféricos, llamados subdesarrollados, han tenido que cambiar sus modos de vida y producción según las necesidades del centro (léase Europa y Estados Unidos), dejando de lado necesidades propias y postergando problemas históricos. Urge, para las clases dirigentes, ser como los países “desarrollados”. Y la pandemia ha vuelto a mostrar los problemas que aquello suscita, porque, para enfrentar el coronavirus, los gobiernos de nuestros países han querido tomar medidas como si viviéramos en un país del “primer mundo”, como si tuviéramos los mismos recursos y las mismas capacidades que ellos (no olvidemos que Piñera aseguró, hace unos meses, que Chile estaba mejor preparado que Italia).    

Volvamos a la pregunta que hicimos al comienzo: si quitáramos a Europa de la ecuación; si en Europa no hubiera casos de coronavirus, ¿cuánta cobertura mediática tendría la propagación del virus? ¿Existiría la misma preocupación? Hoy mismo sabemos que la situación es distinta, ya que la tasa de mortalidad ha cambiado, y América Latina está siendo fuertemente golpeada por el coronavirus. Sin embargo, en Europa poco a poco se busca volver a una nueva normalidad. Restaurantes italianos vuelven a atender, en España se abre el espacio aéreo para vuelos internacionales, en Francia reabren las tiendas.  Cuando en Europa se acaben los contagios de coronavirus, ¿seguirá habiendo el mismo revuelo mediático? ¿Cuál será el primer destino de las eventuales vacunas?

La nueva normalidad europea es sumamente peligrosa para los países de la periferia, porque, para que en Europa vivan bien, es necesario que en el resto del mundo se produzca, que vuelva a andar la máquina del sistema mundo. Al final, los que padecerán los estragos de la pandemia seremos los países pobres.

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Autor entrada: Convergencia Medios

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