¿Que la crisis la pague quién?

Por Danilo Soto

Una de las consignas en torno a la pandemia del coronavirus que han usado sectores del pueblo ha sido “que la crisis la paguen los empresarios”. Esta puede ser una consigna útil para denunciar que quienes la están pagando somos las y los trabajadores; y expresa un deseo genuino porque sean los capitalistas quienes efectivamente respondan y no evadan nuevamente todo el costo de la crisis. Pero, al mismo tiempo, su contenido tiene serias contradicciones con el funcionamiento intrínseco del capitalismo, y es posible que pasen desapercibidas. Exponemos aquí esas contradicciones para mostrar las falencias de la consigna y así tratar de apostar por otras que recojan de mejor manera nuestras apuestas frente a la coyuntura.

1. Las crisis suceden para salvar a los ricos.

La primera ley del capital es que debe acumularse, crecer, maximizarse; su autovalorización es lo que lo hace capital (por eso no es solo dinero o mercancía). El capital que no se expande a partir de sí mismo, se vuelve tesoro, dinero estancado que no se gasta, deja de ser capital.

De la premisa anterior se desprendería que el crecimiento del capital no tiene límites. Pues son las crisis las que ponen dicho límite. No hay acuerdo entre los especialistas si es por sobreproducción o subdemanda, es decir, exceso de capital que no puede ser consumido hasta que el precio baja a un punto en que no se genera ganancia; o decaimiento de la demanda-consumo que impide pagar los valores de las mercancías.

El asunto es que en un momento el capital no puede valorizarse (venderse a un precio suficiente) a escala masiva y la única salida posible es la destrucción del capital sobrante, hasta ajustarse a la demanda. Ahí vienen las crisis: quiebra de empresas, despido de trabajadores, caída de bancos, etc. Mientras el gran capital sobrevive y tiene al Estado para salvarlo, el pequeño capital muere y sus ahora excapitalistas engrosan las filas de la clase trabajadora.

Hay estudiosos que afirman que este proceso es cíclico y más o menos repetido en el tiempo, con ciclos cortos de crisis pequeñas y ciclos largos de crisis profundas (ciclo de Kondratiev), y los actuales indican que la llamada baja tendencial de la tasa de ganancia se reflejaría en la ocurrencia de crisis más frecuentes, como la que está desenvolviéndose ahora, inesperadamente cercana a la de 2008-2009.

La crisis en el capitalismo es estructural y absolutamente necesaria para recuperarse del proceso que, de no haber crisis, lo llevaría a la autodestrucción. Es la expresión de la capacidad del capital de reponerse, reinventarse y salir a flote cada vez que está en peligro. Para eso dispone de todo su poder, que incluye al Estado, para asegurarse que la crisis la pague la parte pobre de la sociedad.

2. Es inconducente pedirle al empresario que pierda plata.

Si el carácter del capital es su expansión, el deseo del capitalista también es expandirse. Lo que define el crecimiento del capital es la ganancia, la que resulta de la plusvalía (trabajo no pagado al asalariado). Así, la razón de ser de un empresario es generar ganancia (en su mente, claro está, pues no logra ver que la ganancia viene de la plusvalía).

La gravedad de la crisis actual -empeorada por el coronavirus- es el impedimento de vender (pronto el frenazo a la producción, sumado al de no vender, va a agudizar la crisis). Al no vender, no solo deja de entrar el dinero del sueldo, del arriendo, de mantención de máquinas o de deudas crediticias (esquema básico de costos), sino sobre todo la ganancia.

¿Qué significa pedirle a un empresario que “pague la crisis”? Significa que asuma el costo de seguir pagando el salario, sin generar nuevas ventas, esto es, sin ganancia. Pero, ¿es posible pensar que el capitalista reniegue de la ganancia? Es esperar que abandone su condición de existencia.

Por el contrario, si no hay ganancia, para cubrirla el empresario va a apropiarse de dinero de otros ítems de sus gastos: puede dejar de pagar arriendo, sus deudas crediticias, el mantenimiento de sus máquinas… y por supuesto, va a dejar de pagar sueldos.

Visto con un atisbo de más realismo (menos abstracción), por un lado el gran empresariado puede reducir las operaciones de reproducción del capital al mínimo y despachar una importante porción de su fuerza de trabajo; y, por el otro, el empresariado pequeño o los comerciantes no tienen ninguna mochila financiera ni material para sostener la detención de las ventas, por lo que la única alternativa al despido o suspensión del pago de salarios, es derechamente la bancarrota.

Si esperamos que el empresario, frente a la disyuntiva de perder todo su capital, opte aun así por seguir pagando salarios, es no entender su razón de ser ni su funcionamiento estructural. Es pedirle peras al olmo.

3. ¿Qué demandarle a un Estado neoliberal?

La realidad chilena desnuda el funcionamiento capitalista a secas, debido al carácter del Estado chileno: facilita las condiciones de despido y suspensión del salario, ofrece magros respaldos financieros a las empresas para que continúen pagando sueldos, obliga a millones de trabajadores a seguir trabajando a costa de los riesgos a su salud. Estado neoliberal puro y duro.
Podrá reclamarse que otros países más “dignos” han protegido el empleo, al congelar los despidos, por ejemplo. Lo que ofrecen esos otros estados, empero, no es sino otro tipo de capitalismo: una tremenda extracción de recursos fiscales para solventar al empresariado, y asegurar que sus ganancias, antes provenientes de las ventas (de la plusvalía, en rigor), salgan ahora de la teta del Estado. La idea de que los impuestos son “plata de tod@s” esconde que es una expropiación forzosa del salario (que es a la vez el costo de nuestra fuerza de trabajo) para solventar las necesidades del Estado, cuyo fin último -de acuerdo al análisis marxista- es sostener la acumulación del capital (baste leer el Manifiesto Comunista).

Así, en dichos países es una porción del salario (en forma de impuesto) el que cubre el salario pagado por el capitalista, quien de pasada recoge una tajada (ganancia) subsidiada por el fisco vía transferencia o créditos blandos. La consigna de la Renta Básica Universal apunta a traspasar salario-impuesto-salario sin mediar la tajada al capital, al paso que favorece la demanda-consumo (plata para el bolsillo que luego se gasta). Sin embargo, en ambos casos se reconoce al Estado como recaudador de impuestos al salario y al capital, lo que sostiene y reproduce la relación de explotación, por lo que no asoma como una demanda plausible para sectores autodefinidos como marxistas.

Conclusión

Bajo este esquema, no parece apropiada la idea de que los ricos paguen la crisis, no porque no sea justa, sino por inconducente. Podría optarse, por ejemplo, con una salida de corte estatal, como la indicada en el último párrafo, bajo el reconocimiento explícito de ser una salida coyuntural y en disputa del recetario neoliberal. No obstante, la experiencia muestra el límite político de esta opción, en la medida en que tiende a reforzar las posiciones de sectores socialdemócratas que abogan por la reforma del Estado en vez del fin del capitalismo. Se trata de las clásicas paradojas reforma o revolución, o programa mínimo versus programa máximo, que las organizaciones revolucionarias se ven obligadas a resolver creativamente y con astucia cada vez que enfrentan una nueva coyuntura, en especial una crisis. Hacerlo utilizando las consignas correctas, sin confundir con lemas contradictorios en su contenido, es parte de ese desafío.

0 0 vote
Article Rating
Compártelo en:

Autor entrada: Convergencia Medios

Suscribete
Notifíicame de
0 Comments
Inline Feedbacks
View all comments