Lecciones de un cruel Abril

April is the cruellest month
(T.S. Eliot)

Durante estas semanas, el acto de opinar se ha tornado tremendamente pesado, en la medida que cada una de nuestras palabras o reflexiones tienen el peso de una realidad que vamos cargando en las espaldas; sin embargo cada una de nuestras opiniones debe incorporar obligadamente dicha experiencia, de lo contrario se torna un ejercicio lejano y abstracto. En cierto modo, los alegatos escuchados estos días a propósito de la no realización del plebiscito tienen ese tufillo lejano, distante, como si hablasen de un mundo que aún ha ignorado la dura vivencia de estas semanas.

Sin duda, de haberse realizado el plebiscito en la fecha originalmente fijada, su desenlace hubiera sido bastante predecible. Considerando la capacidad real de organización articulada desde el movimiento social, es indudable que tarde o temprano, el control de dicho proceso hubiera recaído en esa misma clase política que, con tanto esfuerzo como con tan poco método y propuestas, hemos tratado de reemplazar. Debemos decirlo con claridad: hoy, después de todos los meses, de todas las luchas, de todos los horrores, aquel movimiento social tiene poco que ofrecer, salvo una mística de lucha que no se sostiene por si sola a la hora de construir un proyecto político.

El vacío de poder originado en octubre pasado tenía pocas posibilidades de ser llenado con el movimiento social existente y bajo los plazos fijados; es así que hubiera sido cosa de tiempo para que el colaboracionismo progresista (en sus vertientes frenteamplista y concertacionista) hubieran pugnado para “llenar” dicho vacío. No hubiera sido extraño que, frente a una derecha impotente y caníbal, el concertacionismo se hubiera reciclado, apelando al recuerdo de sus periodos en el poder, como una suerte de “edad de oro”, de orden y consumo, en oposición al caos y precariedad gestionados por la derecha en el poder. Dicha amenaza sigue estando presente.

Sin embargo, todo ese escenario predecible y a la medida de los dueños del país y sus acólitos, cambió bruscamente desde el surgimiento de la pandemia y sus desastres derivados: precariedad, abuso y hambre. De pronto, pensar el tipo de país que queremos, que para muchos era un ejercicio especulativo teñido por sus sensibilidades políticas, terminó vinculándose a la lucha por la supervivencia que nos hemos obligado a realizar estos meses, algo profundamente marcado por nuestras experiencias. Súbitamente, todos los discursos sobre la necesidad de organizarse y generar nuevas estructuras de poder, sobre el resolver nuestros propios asuntos con nuestros propios recursos y capacidades dejaron de ser consignas voluntariosas, para transformarse en una dolorosa necesidad vital.

Hemos visto, marcada en nuestros cuerpos y mentes de la manera más extrema, las consecuencias de haber entregado nuestros destinos en manos de una clase política mediocre e indolente; de la manera más brutal hemos experimentado todo el sadismo del régimen neoliberal. De haberse dado el plebiscito, hoy habríamos delegado la gestión de nuestros asuntos en los mismos que nos arrastraron a esta crisis. Hoy, por un asunto de supervivencia, estamos obligados a gestionar dichos asuntos. En resumen, nos hemos visto obligados a hacer de la conservación de nuestras vidas una acción política.

No pretendemos caer en una discusión fetichista respecto a votar o no votar, entendiéndola como una decisión libre; sin embargo, dicho plebiscito no es lo central ni lo urgente. La tarea fundamental y lo que determinará en realidad nuestro futuro es de que manera damos una proyección política a toda la experiencia de supervivencia que hemos acumulado hasta la fecha; de qué manera, nuestro sufrimiento y resistencia son motores para el desarrollo de un proyecto popular autónomo, que no esté mediado por la institucionalidad ni por los agentes de un régimen corrupto y criminal. Por lo demás, este no es un asunto circunscrito a los límites de Chile, sino que es el deber mínimo al que debe aspirar una humanidad consciente ante un escenario global de crisis, decadencia y rapiña capitalista.

Crear un proyecto político propio es lo mínimo que podemos hacer por honrar a quienes padecen lo indecible en estos momentos. Por ellos y por nosotros debemos hacerlo.

Por G. Órdenes

Autor entrada: Convergencia Medios

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