2020: El año del programa de la Clase Trabajadora

Por José Manuel Vega
Militante de Convergencia 2 de Abril

Al igual que ha sucedido en períodos anteriores de la historia, hoy asistimos a un momento político en que la clase trabajadora se encuentra con condiciones objetivas y subjetivas que le permiten abordar la construcción de un programa político propio. Si las fuerzas sociales y políticas son capaces de agruparse y dar forma a un proceso deliberativo programático-constituyente, aprovechando el nuevo período político en curso, la clase trabajadora habrá logrado utilizar el momento histórico para robustecer su musculatura y prepararse para fases organizativas superiores en un futuro inmediato.

El proceso de constitución de la clase trabajadora en tanto clase tuvo sus inicios a fines del XIX, con las mutuales y organizaciones de apoyo mutuo en el norte, lo que, tras varias décadas de matanzas, sindicalismo, migraciones y cuestión social, ya a mediados del XX comenzó a cuajar en un programa de sociedad distinto al que imperaba en esos tiempos, un programa de sociedad socialista.

Aquel proceso de construcción y concreción del programa de sociedad se dio principalmente en la segunda mitad de los cincuenta y los sesenta, teniendo su punto más álgido entre 1970 y 1973, con el control del gobierno y aspiraciones de transformación del Estado desde la clase trabajadora. Entonces, en 1973 el proceso histórico de acumulación fue cortado abruptamente con el golpe de Estado, y la arremetida neoliberal desmanteló completamente lo avanzado. Con posterioridad, durante los años de transición y postdictadura, la privatización y liberalización de la economía se profundizaron. Se dejó a la gran mayoría de la población inserta en un sistema de pensiones miserables, que avala el asalto de cuello y corbata; se privatizó la banca; se entregó la potestad al empresariado de generar ganancias a partir de la educación primaria, secundaria y universitaria; se impuso el derecho a propiedad privada por sobre cualquiera de los derechos sociales universales.

La recomposición de la clase trabajadora, en este escenario, ha sido costosa. Desde los noventa, las experiencias de organización han surgido de forma lenta. Hasta medidos de los dos mil el tablero prácticamente no se movía. Paulatinamente, desde los secundarios el 2006, comenzaron a generarse luchas parciales contra el capital, por reivindicaciones parciales, y, en su mayoría, como expresiones netamente gremiales.

Ahora bien, a fines del año pasado las conciencias subjetivas se agruparon y estallaron colectivamente, dando paso a un momento político insospechado. Nadie logró prever cómo ni cuándo los sectores explotados de la población cristalizarían el descontento frente a sus condiciones objetivas claramente precarizadas. Se alzaron consignas y levantaron protestas espontáneas, durante semanas y meses, prácticamente sin días desprovistos de actividad y protesta.

Así, el año 2020 ha comenzado con dos meses cargados de actividad organizativa, cultural y de protesta, lo que no se veía en la época estival incluso en el período de dictadura.  Esto augura un año de movilización, pero debemos ser capaces de ver y planificar más allá de la movilización misma.

Como decía Dante Campana, “sin movilización probablemente no hay posibilidades de desarrollar un proyecto social revolucionario, pero no se puede confundir, simplemente, la movilización, con la acumulación de fuerza popular. Ambos no son lo mismo y es el segundo concepto, en tanto contiene al primero, el que anuncia el desarrollo de una alternativa viable”. Y la acumulación de fuerza social y política implica encargarse de muchas aristas para lograr dirigir un modelo de vida diferente, e indefectiblemente tendrá relación con la conformación de un programa político: entre tod@s, debemos resolver el “cómo logramos hacer efectiva la participación amplia y democrática de la clase en la elaboración de los programas que anticipan la nueva sociedad a la que aspiramos”. Aquello, equivale a dibujar una hoja de ruta que determine lo que queremos como clase, qué buscamos y hacia dónde proyectaremos los esfuerzos de reordenamiento de la sociedad, tanto económica como políticamente.

El salto cualitativo que dio la clase trabajadora y el pueblo en su conjunto desde octubre, ha sido de ciclópeas proporciones, avanzando en pocos meses lo que no se logró hacer en décadas, entorno a reconstrucción de tejidos sociales, organización permanente, protesta callejera y capacidad de respuesta a la violencia estatal.

Sin duda, lo armado en estos cuatro meses significa grandes avances, pero resta gran trecho por recorrer, y si es que lo que Dante advertía y ponía de sobreaviso, es que el proyecto que se organiza es de largo plazo, porque es necesario decirle al conjunto del pueblo de Chile, Latinoamérica y el mundo entero, que existen objetivos definidos y convicción de avanzar en la dirección determinada. Y hoy, 2020, el nivel que se ha alcanzado permite soñar en grande. Desde hace algunos años ya, organizaciones sociales y políticas veían la construcción del programa de la clase trabajadora como la tarea necesaria para avanzar en los procesos de acumulación de fuerza social y política de la clase popular, y, a mi juicio, en este momento se dan varias condiciones objetivas y subjetivas para iniciar el proceso de construcción de aquel programa, o programas, en palabras de Dante.

            Condiciones objetivas, pues económicamente la situación de amplias capas de la población va empeorando constante y cada vez más aceleradamente, lo que mantiene a múltiples sujetos en situaciones de precariedad que se vuelven insostenibles en el tiempo. Entonces, se precisa con urgencia nuevas formas de comprender la economía, las relaciones laborales, de reproducción de la vida y la relación con el medio ambiente. Y también las condiciones subjetivas, pues el pueblo redescubrió la movilización masiva, en conjunto y organizada, pero a la vez siente a flor de piel sus insatisfacciones y dio el paso de verbalizarlas colectivamente. Al mismo tiempo, diversos actores y actoras, que demandaban transformaciones parciales o gremiales, se han volcado a discutir y organizarse en torno a objetivos más generales y totalizantes. Ejemplos de aquello son la importante profundización del contenido feminista para las Huelgas entorno al Día Internacional de la Mujer Trabajadora y las discusiones y síntesis de los Encuentros Plurinacionales de las que Luchan; y los nuevos espacios de asambleas territoriales, en donde se ha expresado una gran pluralidad de demandas y discursos, ya que confluyen trabajador@s, poblador@s y estudiantes, en el espacio de reproducción de la vida por excelencia:  la población, espacio de intersección de necesidades que ha demostrado potencial organizativo y empieza a enarbolar la bandera de un proceso constituyente de carácter popular.

            Hay que otorgar, empero, a l@s más escéptic@s, el hecho de que el mundo del trabajo ha demostrado escasos niveles de conciencia y/u organización, con un exiguo 7% de sindicalización en el país, y mayormente economicista; pero el esfuerzo de gremios como el portuario o el colegio de profesores en el último par de años, permite ambicionar el resurgir de un tipo distinto de sindicalismo, más político y totalizante. Y así lograr realzar un sujeto que ha sido por excelencia vanguardia histórica del pueblo, para afianzar más los procesos de recomposición de la clase en curso.     

Finalmente, para dar más peso al escenario, se debe observar que otra de las situaciones concreta que permite impulsar discusiones programáticas en el seno de la clase trabajadora en estos meses, es el hecho de que estamos en un momento constituyente abierto. Si bien existe la posibilidad y riesgo latente de que sea cooptado por la institucionalidad en un mediano y corto plazo, la instalación de la demanda por una nueva constitución nació del pueblo movilizado, bajo la forma de asamblea constituyente, y, efectivamente, el pueblo ya se encuentra discutiendo y deliberando desde fines de octubre una nueva sociedad, sin seguir invariablemente el ritmo institucional. Por tanto, el proceso permite -y el momento demanda imperiosamente- que l@s sujet@s o actor@s más avanzad@s convoquen a un proceso popular de discusión y deliberación de la constituyente del pueblo, con una forma orgánica que lo contenga, a partir del cual se generará el nuevo proyecto de sociedad, que no es otra cosa que un programa político, que refiere a una nueva constitución, que la contiene pero a la vez la rebasa, siendo la expresión última del anhelo de una humanidad distinta, económica y culturalmente.

La posibilidad que se ha abierto es prometedora, y a la vez requiere mucho esfuerzo y trabajo arduo; pero si el proceso logra convocar al mundo sindical, a distintos gremios, organizaciones feministas, medioambientales, barriales, disidencias, etnias y estudiantes en todos sus niveles, se habrá dado un gran paso, que permitirá que –más allá de influir o no en el proceso constitucional de la institucionalidad- la clase trabajadora tenga aquella base necesaria para dar pasos superiores de organización. Con un programa político bajo el brazo, la acción política se vuelve más clara y definida; puede apelar más fácilmente a determinados sujetos e individualidades, y robustece la musculatura de la clase en sí misma, determinando cambios y movimientos en la correlación de fuerzas a nivel general. Es este, entonces, un momento crucial en el tablero político nacional, y se debe saber aprovechar para seguir avanzando con el mandato que la historia impone.     

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Autor entrada: Convergencia Medios

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