El sindicalismo en tiempos de cólera popular

(Por Escuela Popular Permanente- Concepción)

Una de las características que ha llamado más la atención en lo que se ha denominado como levantamiento popular es el hecho de que sea totalmente acéfala. Los partidos políticos hace mucho tiempo que han ido desapareciendo de lo social. Sus dirigentes conducen la “llamada opinión pública” desde los matinales y programas de farándulas políticas. Toda su ligazón con lo social fue reemplazada por encuestas ad-hoc, ya que éstas resultan ser más prácticas de meter a las “cocinas de los acuerdos”.

La imposibilidad del viejo sindicalismo para dirigir una insurrección popular

El sindicalismo tradicional también ha quedado expuesto en su inoperancia. Esta afirmación no nos debiera sorprender conforme ya habíamos asistido hace unos años atrás a la debacle o implosión de la CUT, cuyxs dirigentxs debieron recurrir al salvataje de la justicia patronal para mantenerse en sus puestos y seguir usufructuando de la cuota que sagradamente se le descuenta a lxs trabajadorxs cuya organización se encuentre afiliada a la CUT.

Esto ha sido posible porque el sindicalismo de clase junto a lo mejor que había dado la lucha obrera de mitad del siglo 20 en Chile, fue aniquilada físico y organizativamente. No podemos olvidar que el golpe del 73 se gestó para desarticular todo lo que pudiese oler a organismos de la clase (JAP, Cordones Industriales, comandos comunales, la CUT del 53, etc.) La dictadura fue afianzando la política de represión selectiva hacia lxs dirigentxs que expresaban la visión desde una perspectiva de clase. Hubo enormes esfuerzos de los gremios patronales y del naciente nuevo empresariado, que a través de la bota militar, imponían el total desbande de todo el espectro de fuerte organización que habían logrado alcanzar lxs trabajadorxs hasta el 73. A la violenta represión y el plan laboral le siguió una concertación de partidos que acentuó una política de desconstitución popular, ya no con los fusiles en las calles, pero sí con una fuerte cooptación de cualquier actor social que no estuviera en las altas cúpulas del partido del orden.

Las figuras dirigenciales de los grandes gremios, confederaciones y federaciones (CUT, ANEF, Colegio de Profesores, etc.), más que ser líderes y representantes de la clase trabajadora se fueron distanciando a tal punto que sus sedes vacías no eran sino espacios donde fácilmente podría confundirse como un anexo del partido en el cual militaban o una repartición más del gobierno de turno. El dirigente tuvo un precio reglado en la compra del fuero sindical, si ameritaba la ocasión, y/o las luchas sindicales se tasaron de acuerdo al bono de término de conflicto a cuyo ritmo se han movido las movilizaciones de los grandes sindicatos.

A lo anterior, habría que sumar prácticas antidemocráticas anquilosadas en sindicatos que poco a poco vienen perdiendo su densidad estructural y su casi nula capacidad de obtener victorias.  

Por su parte, los sectores clasistas en su interior, cuya composición son esencialmente de jóvenes luchadorxs, si bien, vienen dando luchas heroicas por enmendar el rumbo antes de quedar vaciados, no logran unificar un discurso que apunte a la superación de una forma de organizarse que atendió a un período propio del siglo 20. Lxs más, se niegan a seguir chocando con castas burocráticas y emigran a la conformación de símiles organizativos que poco o nada inciden en la realidad de un 80% de fuerza laboral desorganizada.  Y el resto de la sociedad (y sus mismas bases) totalmente invisibilizadxs, y desplazadxs a un segundo plano, salvo ejemplos muy puntuales, como lo son los portuarios.

El bloque sindical de Unidad Social, ¿a quiénes representan?

Este panorama, más bien desolador, se manifiesta hoy en toda su amplitud en el denominado “bloque sindical” de Unidad Social. Sabido es que este tinglado de organizaciones sindicales no son más que la expresión “por arriba” de dirigentxs cuestionadxs por sus bases y muy antipopulares. Dirigen desde los intereses de los partidos a los que le rinden cuentas (PC- FA- Ex nueva mayoría) y junta a lxs que negocian debajo de la mesa, para retirarse luego con sendos portazos (Maturana). Aglutina a los que se están jugando el puesto en una organización que resultó no representar a nadie, y hoy quieren meterse a la cocina por la ventana, pero poniendo cara de humildad a las “bases” (Figueroa). Lo componen también lxs que representan a ese “algo nuevo” que no termina por nacer, ya que trae impregnado el olor a viejas prácticas (Aguilar). Y lxs que tienen toda la fuerza, pero no una forma de entrar a la “cocina” (Portuarios y Sintec).

Hoy en día la Tasa de sindicalización es del 20,6%, sobre los 5 millones de trabajadores asalariados, de los 8 millones de personas que reportan ingresos en Chile. Pero de ese poco más de millón de trabajadorxs afiliadxs a los sindicatos “más representativos” son realmente muy pocos.  La ANEF unos 50 mil socios aprox. El colegio de profesores con 65 mil, en tanto la Confusam dice representar a 20 mil socios aprox. La Unión Portuaria asocia a 10 mil trabajadores.

Es decir, en todo ese extenso bloque sindical de Unidad Social, haciendo una estimación, debe representar como al 35% del 20% de trabajadores sindicalizados. O sea, representa al 4% de los ocupados y un 7% de los Trabajadores Asalariados. La cuestión más lapidaria es que de todos los presentes los únicos con capacidad y voluntad de paralización real son el Colegio de Profesores y la Unión Portuaria. El resto “paraliza” marcando la tarjeta de entrada o simplemente no paraliza.

Frente a este escenario hay que plantear claramente que el sindicalismo clásico está herido de muerte, ya que no pudo conducir, ni patalear (salvo honrosas excepciones), frente a la mayor coyuntura abierta en casi medio siglo. Carecen de fuerza, de unidad, de despliegue conjunto y de credibilidad. Esto es porque han renegado del espíritu que hizo nacer el sindicalismo: la ayuda mutua, la autogestión de recursos, la disputa al empleador, frenando in situ los abusos salariales, laborales, etc. Nace para satisfacer los problemas básicos de salud o de educación de la clase obrera y no tan solo para mejorar las condiciones salariales y laborales del trabajador, sino también las condiciones de vida de sus familias. En los albores del sindicalismo en Chile, Recabarren hablaba de la alfabetización y la educación política, de regeneración de la clase. Todo eso fue reemplazado por sindicalistas de oficina, que no hicieron más que debilitar por décadas el enorme acumulado en objetivos, principios y repertorios de décadas de lucha en que estuvieron involucradas generaciones completa de trabajadorxs.

Hoy, las dirigencias sindicales solo han formado a sus asociados en cómo pactar un mejor bono y desde el primer día trazan una estrategia para negociar una salida al conflicto y no cómo una lucha puede ser un aprendizaje que re- impulse una asociatividad nueva que confronte al capital en todos los ámbitos vitales.

Lo anterior, es la base profunda del por qué, desde el primer momento, las conducciones del bloque sindical de Unidad Social, solo se limitaron a encontrar una salida a la crisis, es decir, cerrarla, y con denodados esfuerzos trazaron un pliego para satisfacción propia, a puertas cerradas, sin que antes fuera discutido y levantado desde las bases de sus propios sindicatos lo que le hubiese dado prestancia y mejor defensa.  

Las asambleas populares: una oportunidad para un nuevo sindicalismo

La coyuntura, es decir, el levantamiento popular abre un nuevo proceso de reconstitución popular. Esto es innegable, toda vez que las multitudinarias marchas y acciones de violencia callejera estuvieron encabezadas, justamente, por aquellos sectores populares que, en 30 años, no habían hecho el ejercicio de organizarse con otrxs para hacer saltar por los aires un diseño institucional que por semanas estuvo paralizado.

Es en este escenario en que se ha de entender que el sindicato como una herramienta histórica podría cumplir un rol de pivote sobre el cual se podría apoyar (en perspectiva histórica) las asambleas populares o territoriales. ya que será este el nuevo órgano que nos logre representar como clase. Esto no quiere decir que desaparecerá el sindicato, sino que habría que visualizarlo como una de las dimensiones de las asambleas territoriales. La principal labor del sindicalismo actual es cobijar y dejar nacer y andar a estas asambleas, apoyarlas con la gran infraestructura acumulada por años de lucha de las bases de los sindicatos, que son las mismas bases que hoy se encuentran en las asambleas territoriales y se encuentran con el precariado del neoliberalismo.

Hay que volver a tomar principios que guíen el actuar del sindicalista. Los principios de la independencia de clase, la democracia obrera como forma de control y revocabilidad del o la dirigenta que no asume el mandato de sus bases y retomar también una de sus piedras angulares: la solidaridad y la ayuda mutua.

La sedes sindicales deben retomar la vida que alguna vez tuvo como centro febril de acciones y deliberación de la clase. Hoy se abrió esa posibilidad de dialogar con el entorno del sindicato, abrir las puertas a una asamblea territorial es indispensable. Mandatar y organizar a sus bases para que apoyen económicamente o con insumos a alguna actividad es retomar el camino de comunidad como lo soñaron lxs forjadorxs de la organización del mundo laboral.

Son las bases de los sindicatos las que deben estar entrelazadas en las asambleas, dotándolas de vida, desarrollando espacios recreacionales, artísticos, culturales, políticos- sociales, afectivos y también alimentarios y de trabajo. Esto, con el propósito de que ya no tan solo la o el trabajador organizado ayude en la organización del y la desorganizada, sino que la simbiosis ayude a que la o el trabajador más estable comparta su estabilidad en comunidades con una vida estable y saludable. Esta será la forma más efectiva de combatir las carencias afectivas y los problemas psicológicos, que en gran medida son los que nos terminan matando. Debemos vivir bien, y eso solo es posible en comunidad.

En esta etapa que abrió el pueblo, lxs trabajadorxs junto a la juventud popular de la primera línea son lxs llamadxs a pensar una nueva asociatividad, que de cara a las necesidades más urgente del pueblo, construya una institucionalidad independiente de lxs patronxs y se encargue de dirigir la vida hacia una sociedad superior a la que nos ha tocado vivir.

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Autor entrada: Convergencia Medios

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