El individuo, el neoliberalismo y la sociedad: El significado profundo del despertar de Chile

Fernando Quintana*

1.- “Chile despertó”

Una de las frases que más ha pegado en estos días de protestas, que se ha oído en cánticos y se ha visto en lienzos y redes sociales, es la consigna “Chile despertó”. Quizás, la razón por la cual dicha frase se ha hecho tan viral se debe a un sentimiento compartido por todos quienes nos hemos venido movilizando estos últimos días: esa sensación de haber abierto los ojos después de un largo tiempo de tenerlos cerrados. En concreto, la sensación de haber despertado súbitamente a la conciencia de la profunda injusticia del sistema neoliberal, después de treinta años aguantando estoicamente los abusos de la clase empresarial, y sus políticos.

Ahora bien, detrás de la consigna “Chile despertó” se esconde una verdad profunda, que nos muestra la radicalidad de los cambios que este estallido social producirá en nuestra sociedad, al punto que nos podemos aventurar a afirmar que ésta inaugura un nuevo período político en la historia de nuestro país, más allá del resultado concreto que tenga esta coyuntura de lucha. Para analizar la radicalidad del despertar de Chile, en primer lugar, es necesario responder a una pregunta previa: ¿en qué consistía ese “sueño” que nos mantenía dormidos? O, en otras palabras, ¿de qué acabamos de despertar?

2.- El sujeto neoliberal: el individualismo como condición natural del individuo

La pregunta anterior amerita un breve repaso por algunas de las características esenciales del modelo neoliberal. El neoliberalismo, conviene recordarlo, es la fase actual del sistema capitalista. En particular, es la fase que se instala como respuesta, por un lado, a las crisis económicas mundiales del capitalismo en la década de los 70 y, por otro, a los altos grados de avance político del campo popular en dichos años. No fue casualidad que la contrarrevolución neoliberal mundial comenzara en Chile, en los años de la Unidad Popular.

No es nuestra intención realizar una caracterización acabada del neoliberalismo en este breve escrito[1]. Solo nos interesa resaltar tres de sus rasgos básicos. En primer lugar, en tanto forma actual del sistema capitalista, la esencia del modelo neoliberal consiste en el perfeccionamiento de los viejos mecanismos de explotación económica, donde el intercambio desigual entre el valor de la fuerza de trabajo que venden los trabajadores, y el salario que los empresarios pagan a cambio, permite a éstos últimos quedarse con el excedente de las riquezas producidas colectivamente por la sociedad. La flexibilización laboral, la privatización de los derechos sociales, el acceso al consumo por vía del endeudamiento, entre otros, no son otra cosa que mecanismos para proteger y aumentar las tasas de ganancia obtenidas por los capitalistas en el contexto socioeconómico actual.

En segundo lugar, dado que el modelo neoliberal se instala a nivel mundial en el contexto de derrotas agudas de todos los proyectos políticos que habían emanado desde el campo popular, éste logró erigirse como la única forma posible de las sociedades humanas. Tan radical fue el triunfalismo neoliberal, que sus portavoces teóricos y políticos proclamaron que “no había alternativa” al sistema neoliberal, o que “la historia se había acabado”, y que el neoliberalismo era la última fase del desarrollo humano. Así, todos los supuestos y las premisas teóricas del neoliberalismo pasaron de ser eso, supuestos teóricos, a considerarse leyes intrínsecas de la naturaleza humana. El neoliberalismo se volvió la condición natural de la vida en sociedad, y las leyes del mercado se volvieron el árbitro que marcaba la frontera entre lo posible y lo imposible en la política. La versión criolla de esta idea, que marcó los años de la transición, está plasmada en la famosa frase de Patricio Aylwin “en la medida de lo posible”.

En tercer lugar, como ya hemos dicho en otro escrito reciente, el neoliberalismo es mucho más que un sistema económico[2]. Es una visión de mundo compleja, con varias aristas y dimensiones. Una de ellas, quizás una de las más relevantes, tiene que ver con la concepción neoliberal respecto del individuo en relación con la sociedad. Para dicha visión de mundo, tal como sostiene Friedrich Hayek en su clásico libro “Derecho, legislación y libertad”, no existe tal cosa como la sociedad. Aquello que los “ingenuos” llamamos sociedad, en realidad es solo un conjunto de individuos aislados, sin ninguna relación entre sí más que las interacciones que éstos realizan espontáneamente en el mercado. Para los neoliberales, el mercado es la mejor manera de asignar recursos que existe, pues las interacciones espontáneas del mercado, en teoría, maximizan el bienestar producido. La sociedad tiene como única razón de ser el aseguramiento de las condiciones de libre mercado. Cualquier otra intervención en el mercado en nombre de la sociedad solo lo distorsionaría y reduciría el bienestar producido.

Dado que la sociedad no existe como organismo colectivo y, en cambio, solo existen los individuos puestos en relación a través del mercado, no hay espacio para ideas tales como “justicia social”, “proyectos colectivos” ni “bienes comunes”. Solo existe lo individual, lo privado, y sus respectivas interacciones recíprocas. Esta premisa del discurso neoliberal, vuelto una ley natural según veíamos más arriba, es evidente en todas nuestras instituciones sociales. ¿Sistema solidario de pensiones para nuestra tercera edad? No, sistema de capitalización individual en las AFP. ¿Inversión social en educación, para lograr un desarrollo colectivo de país? No, educación privatizada, concebida por Piñera como un bien de consumo individual. Y así podríamos seguir enumerando una lista casi infinita de cuestiones sociales vueltas individuales bajo el modelo neoliberal y su respectivo discurso teórico.

Ahora bien, la idea de que la sociedad no existe como organismo colectivo, y en su lugar solo existen los individuos aislados, no es algo respecto a lo cual los chilenos y chilenas tengamos plena conciencia todos los días en términos explícitos. Pero eso no quiere decir que no exista en un nivel inconsciente. Se nos enseña en el colegio, en la televisión, en la publicidad, y hasta se replica en nuestras propias familias y vecindarios. Esta concepción neoliberal del individualismo radical, sumado al miedo a la delincuencia instalado por los medios de comunicación de masas, el diseño de las ciudades, la destrucción de la organización social y otros muchos factores, terminaron por convencernos de que no existe bienestar posible si no es construido por uno mismo para uno mismo. El neoliberalismo traslada a cada individuo la responsabilidad absoluta y exclusiva por su propio bienestar económico. Si se es pobre, la causa es que no se trabaja lo suficiente. Si se está endeudado, es porque no se ha sido ordenado con los gastos. Si se tiene una mala pensión, es porque no se ha sido previsor con los ahorros. Y así podríamos seguir enumerando discursos que a todos nos suenan familiares.

Dado que todo el bienestar o malestar económico de las personas es un asunto de su exclusiva responsabilidad individual, cada persona centra su atención exclusivamente en las circunstancias que lo rodean. Uno piensa en “su” educación, “su” trabajo, “su” consultorio, etc. De esta manera, en principio, quedan excluidos los cuestionamientos al sistema como cosa de conjunto. La atención de cada individuo solo estará centrada en sus condiciones particulares de existencia. Dejamos de cuestionarnos las injusticias del sistema como un conjunto, y nos entregamos de lleno a la ideología del “sálvese quien pueda”. El proceso histórico de instalación del discurso neoliberal consiguió encerrarnos en la burbuja de nuestra particularidad, naturalizar todo lo que ocurre a nuestro alrededor, y eliminar todo sueño de una vida nueva, reduciendo nuestras aspiraciones a vivir un poco mejor en nuestro metro cuadrado, en nuestra burbuja individual. En esto consiste el adormecimiento al que el neoliberalismo nos condenó.

Pero este fenómeno de naturalización del individualismo extremo no nos impidió acumular rabia. Una rabia personal e individual, pero rabia al fin y al cabo. En algún sentido, podríamos decir que el estallido social que estamos viviendo, la “revuelta de los 30 pesos”, ha sido un proceso de colectivización de esa rabia individual. La rabia acumulada por más de treinta años, personificada en los estudiantes evasores del metro, por fin logró reventar la burbuja de individualismo en la que estábamos sumidos, que mantenía nuestra atención sumida exclusivamente en lo particular de nuestra propia existencia, y nos hizo despertar de golpe a la conciencia de que el neoliberalismo es un problema global.

3.- Chile despertó: de la conciencia de lo particular a la conciencia de lo general

El mito neoliberal de la existencia del individuo aislado se quebró en torno a un sentimiento común: la rabia. La rabia ante la violencia económica neoliberal, sintetizada en la consigna “no son treinta pesos, son treinta años”, se volvió un fenómeno generalizado a través de la identificación colectiva con los estudiantes que decidieron protestar ante las alzas del transporte público, y que solo encontraron violencia y represión como respuesta. La experiencia de la rabia colectiva nos demostró una verdad que, si bien era evidente, se mantenía camuflada bajo el discurso neoliberal: las injusticias sufridas por cada uno, la rabia acumulada por cada uno, obedecía a causas comunes.

Este fenómeno es de la mayor importancia, pues representa una novedad muy profunda en relación a la situación política nacional de los últimos años. El sistema neoliberal presupone una democracia en la que el pueblo no existe como sujeto político, de manera que las reglas sustantivas de una democracia son sustituidas por la reglas formales de la pura administración de un modelo que se asume como dado, natural e irreversible. Para que el pueblo se mantenga al margen de toda existencia política, es necesario neutralizarlo políticamente, para lo cual el poder dispone de múltiples medios tales como la violencia, la represión y el miedo que hemos venido sufriendo desde la dictadura, y que hemos visto en los últimos días. Pero también, y esto es fundamental, por medio del mecanismo ideológico fundamental del neoliberalismo, a saber, la negación de la sociedad como organismo colectivo, y la proclamación del individuo aislado como única realidad existente.

El despertar de Chile consiste en la ruptura masiva y simultánea de dicho mecanismo ideológico. La experiencia compartida de la rabia por los abusos vividos en los últimos treinta años nos demuestra que no somos individuos aislados, que nuestras vivencias y dolencias obedecen a causas comunes y, por tanto, somos parte de un grupo colectivo. Ese grupo colectivo, y la conciencia de la pertenencia a él, se ha forjado, fraguado y fortalecido al calor de las movilizaciones de los últimos días. Más aún, la experiencia común de la violenta represión policial y la desesperación con la que el gobierno de Piñera defiende sus privilegios, sin tranzar ni un milímetro, fortalece más aún esta conciencia de pertenencia a un grupo humano colectivo.

Hoy por hoy, la conciencia del abuso ha trazado una frontera en el imaginario colectivo, una frontera entre los que cometen los abusos y los que los sufren. El primer grupo está compuesto por los grandes empresarios, los dueños de Chile, sus políticos, y las fuerzas represivas que han desatado en nuestra contra. No solo Piñera y su gobierno, sino todos los administradores del régimen heredado de la dictadura. El segundo grupo está compuesto por la inmensa mayoría de los habitantes de nuestro país, del pueblo de Chile.

De esta manera, la ruptura del mito neoliberal del individuo aislado no dio paso a una vuelta al mito liberal del “ciudadano”, donde todos somos formalmente iguales más allá de cualquier diferencia económica y formamos parte de una sociedad que nos pertenece a todos por igual. Ya quisieran los políticos del régimen que ese fuera el sentir que se ha generado, en lugar de la conciencia de que, en una sociedad con una configuración como la nuestra, en los hechos, no somos todos iguales. En este sentido, el intento de Piñera por apropiarse de la marcha más grande de Chile, con frases que quedarán en la historia como una de las cosas más patéticas que un político haya intentado en la historia de Chile, ilustra dos cosas.

En primer lugar, su temor radical ante el proceso que ha sido despertar de la conciencia del pueblo de Chile. El despertar del pueblo amenaza la estructura misma del sistema político neoliberal pues, como ya hemos dicho, éste necesita la exclusión del pueblo como sujeto político para subsistir. En segundo lugar, su radical incomprensión de la profundidad del fenómeno que estamos viviendo como pueblo. Este estallido social no es una rabia momentánea, no es la expresión de un descontento pasajero, ni una “pulsión juvenil”, como sostiene desesperadamente Carlos Peña. Es una expresión de las contradicciones propias del sistema capitalista, del antagonismo irreductible que existe entre trabajadores/as y capitalistas que el mito neoliberal había logrado ocultar, pero que en último término siempre estuvo allí.

4.- De la conciencia del abuso a la conciencia de clase

Si el despertar de Chile consistió en la ruptura del mito neoliberal del individuo aislado a partir de una experiencia común frente al abuso, pero dicha ruptura no implicó un retorno al mito liberal de la identificación con la figura neutral del ciudadano en que todos somos formalmente iguales más allá de la desigualdad económica, ¿en qué va a decantar la conciencia colectiva que se ha venido fraguando estos días?

Estamos asistiendo a un proceso explosivo, como no se había visto en años en nuestro país, de desarrollo masivo de conciencia en torno al hecho de que nuestra sociedad, como cualquier sociedad capitalista, está divididas en clases sociales. Abusadores y víctimas del abuso; empresarios y trabajadores; quienes viven de su propio trabajo, y quienes viven apropiándose del trabajo ajeno. El mito neoliberal del individuo aislado se asienta directamente sobre la falsificación de esta verdad evidente, pero que en los últimos días ha quedado al descubierto. La experiencia común del abuso y la represión evidencia la división intrínseca y profunda que el capitalismo produce en las sociedades humanas. En la capital de nuestro país, dicha división en clases es tan radical que, incluso, se expresa geográficamente en los dos Santiagos divididos por Plaza Italia.

Este fenómeno de estallido social es, en último término, expresión de la re-emergencia de aquello que Marx llamaba la lucha de clases, es decir, aquella dinámica de enfrentamiento en varias dimensiones entre dos grupos sociales cuyos intereses se encuentran estructuralmente contrapuestos. Mejoras salariales para el trabajador son menos ganancias para el empresario; derechos sociales garantizados por el Estado son menos negocios para los rentistas que usufructúan de nuestra sociedad; pensiones dignas para nuestros abuelos son menos ganancias para los dueños de las AFP, y así muchos ejemplos más. La intransigencia absoluta del gobierno frente a éstas y otras demandas, y la violencia con la cual han intentado reprimir las manifestaciones sociales, son fiel testimonio de la conciencia que los poderosos tienen de su pertenencia a una y la misma clase social. Buena parte de su comodidad en el poder se basaba en que los oprimidos no habían desarrollado, hasta ese nivel, esa misma conciencia. Pero en estos días, los que están de este lado de las barricadas han avanzado masivamente hacia el desarrollo de esa conciencia.

Por eso, más allá del resultado final de esta oleada de protestas, Chile ya cambió. Ya no volverá a ser el mismo. En todos los lugares de trabajo, poblaciones, barrios y demás, este proceso de toma de conciencia de clase por parte del pueblo de trabajador será el fermento de fecundos procesos de organización y construcción de pueblo organizado. Es de esperarse que las estructuras orgánicas de las izquierdas tradicionales y las que han emergido en el último tiempo se modifiquen radicalmente en torno a este nuevo escenario. Así mismo, surgirán nuevas formas organizativas del pueblo trabajador en sentido amplio.

Y, como anticipábamos en el párrafo anterior, las herramientas del pensamiento de Marx, declarado muerto por los portavoces teóricos del neoliberalismo, resultarán fundamentales en este proceso. Para todos quienes nos posicionamos desde la izquierda anti-capitalista está planteado el desafío de utilizar su obra de manera creativa, acompañando e impulsando los procesos de formación de conciencia de clase y de desarrollo de estructuras orgánicas acordes a los nuevos tiempos. La izquierda fracasará estrepitosamente si, una vez más,  intentar subsumir estos nuevos sujetos en sus viejos esquemas pre-definidos y heredados del siglo XX. El desafío es recuperar la noción de clase social como centralidad de un proyecto político emancipatorio, para diseñar desde allí todas las líneas, referencias y estructuras que nos permitan intervenir exitosamente en este período que se abre.

[1] Para un desarrollo más acabado de una caracterización del neoliberalismo como fase actual del capitalismo, véase: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=239325 “Notas para la acción política en el contexto de los procesos actuales de recomposición de pueblo”

[2] https://www.convergenciamedios.cl/2019/10/la-politica-la-violencia-y-la-excepcion-una-reflexion-a-proposito-de-la-revuelta-de-los-30-pesos/

*Militante Convergencia 2 de Abril, Abogado de la Universidad de Chile y Estudiante de Magíster en Pensamiento Contemporáneo de la Universidad Diego Portales

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Autor entrada: Convergencia Medios

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