Están donde estamos

Por Javier Pineda Olcay

La memoria se niega a guardar silencio. Sobre todo, los 11 de septiembre, fecha en que recordamos – vuelve a pasar por nuestros corazones – la derrota parcial de nuestro pueblo, por manos de los empresarios y militares que se negaron a perder sus privilegios. 

El golpe militar de 1973 no sólo buscaba derrocar un gobierno. Su objetivo principal fue destruir a las organizaciones que permitieron que la clase trabajadora tomara el poder, construyera el poder popular. La ocupación y control de fábricas por obreros, las corridas de cerco en el sur por campesinos y mapuche, las tomas de terreno, las experiencias de abastecimiento popular, la nacionalización de la gran industria del cobre, de la banca y empresas estratégicas, el litro de leche para todas las guaguas y niños/as como el acceso a un sistema público de salud, la ampliación de la matrícula universitaria para las hijas e hijos de obreros y campesinos, la posibilidad de pensar en la dignidad de la clase trabajadora. Lejos estuvo de ser un paraíso, pero era fruto de la construcción del pueblo, que venía durante décadas acumulando fuerza social para desarrollar este proceso revolucionario, que no se reducía al Gobierno de Allende, sino que desbordaba y brotaba por todo el territorio.

Esto no fue tolerado por los empresarios ni por los militares. Tampoco por los gringos. Decidieron golpear con toda la miseria humana a nuestro pueblo, que aún con toda la potencia de esta ofensiva contra-revolucionaria resistió. No obstante, se llevaron la vida de miles, que aún llamamos sus nombres para saber dónde están.

46 años después el poder sigue clamando por la amnesia. Nos piden olvidar el proyecto que truncaron y las atrocidades que cometieron. Nos piden el olvido y la impunidad como precio por la paz. Pero es una falsa paz, que no es más que su tranquilidad. Quieren que olvidemos sus privilegios actuales. Sus ganancias a costa de nuestros derechos. Que nos olvidemos cómo lucran y se llenan sus bolsillos con nuestro endeudamiento, con las ganancias que tienen a costa de pagarnos salarios de miseria y pensiones de hambre. Quieren que olvidemos como depredan nuestros territorios y nuestros cuerpos. Que olvidemos como los militares – incluyendo a Carabineros – siguen con su corrupción, pagándose hasta las vacaciones con dinero fiscal. Que olvidemos como Penta, Soquimich y más de 200 empresas contribuían ilegalmente a las campañas políticas de parlamentarios, que eran sus funcionarios en el Congreso, para aprobar leyes a la medida de sus intereses. Que olvidemos como los bienes comunes son saqueados por empresarios nacionales e internacionales – muchos sin patria – y cómo tenemos los precios de alimentos más altos del mundo.

A pesar de ello, somos porfiados y nos negamos a olvidar a los nuestros, a las nuestras, a su proyecto revolucionario, a nuestro proyecto revolucionario. Los seguimos buscando en las fosas, en campos, en desiertos. Llevamos sus fotos y asistimos a las romerías en homenaje a sus vidas transformadas en heroicas. Seguiremos buscándolos hasta encontrarlos…

…Y debemos decir que los hemos encontrado algunas veces. Los hemos encontrado en las luchas estudiantiles. En las luchas por pensiones dignas. En las negociaciones colectivas y huelgas de la clase trabajadora subcontratada y precarizada. Las hemos encontrado luchando en contra del abuso y la violencia machista; por el aborto seguro, libre y gratuito, tomándose sus escuelas y universidades por educación no sexista. Las encontramos luchando por la defensa de los territorios, en contra de proyectos hidroeléctricos en el sur; recuperando el agua en Petorca; en contra de los proyectos contaminantes de Luksic en Caimanes. Les encontramos construyendo sus casas en el borde-cerro en Antofagasta y en distintos sitios eriazos de Santiago. Las encontramos, los encontramos, les encontramos: donde luchamos y construimos poder popular. ¿Dónde están? ¡Donde estamos!

La memoria es viva, cambia, igual que nuestros recuerdos. A veces predomina la nostalgia y la melancolía. Pero preferimos la esperanza. Construimos desde la memoria el proyecto revolucionario que otras generaciones tuvieron, siguiendo su ejemplo, a veces cantando la misma letra, pero con nuestros ritmos, con la esperanza de poner la dignidad de nuestro pueblo tan alta como la Cordillera de Los Andes y con la seguridad de continuar organizándonos y militando, creyendo en la acción colectiva de nuestro pueblo y persistiendo – en tiempos de individualismo – en compartir el pan: ¡Hasta que la dignidad se haga costumbre!

 

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Autor entrada: Convergencia Medios

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