La explotación de las mujeres posibilita los bajos salarios de toda la clase trabajadora

Noelia Cuenca / ContrahegemoniaWeb.com.ar

Su mirada es contundente y su sonrisa como el mundo. Marina Machado Gouvea tiene la cualidad de simplificar lo complejo, de captar el sentido concreto de lo abstracto, la practicidad de las ideas, y tiene la admirable capacidad de trasmitirlas para entender nuestra realidad y sobre todo para transformarla, como bien apuntaba Marx con su filosofía de la praxis. Marina es economista, Doctora en Economía Internacional, investigadora y docente universitaria. Tiene 35 años, nació en Brasil, es militante latinoamericana y comunista. Compartimos la entrevista que otorgó a Adelante! sobre cómo la explotación de las mujeres posibilita los salarios de hambre de toda la clase trabajadora, y aun más, su análisis estimula a una comprensión profunda de las contradicciones principales del sistema capitalista y esboza un elemento fundamental para que tracemos entre todas y todos una sociedad sin opresores ni oprimidas. El encuentro se dio durante su visita a Paraguay en el marco de los cursos de formación para militantes del PCP que ella está dando, organizados por el Comité de Mujeres “Juana Peralta”.

El trabajo de cuidado: mucho más por mucho menos

Las mujeres estamos asociadas históricamente a trabajos que tienen que ver con cuidar a otros. Somos las responsables en nuestra sociedad –de manera remunerada o no- de la crianza de los niños, del cuidado de los ancianos, de los enfermos, de la limpieza, de la cocina, etc. Con esta condición impuesta desde hace tanto, se nos imposibilita desarrollar otros múltiples aspectos que conforman nuestra humanidad. ¿Cómo contribuye esto a la explotación de toda la clase trabajadora?

La capacidad de engendrar vida, es decir, de embarazarnos, paradójicamente hace que seamos las primeras en ser despedidas o nos dificulta conseguir un trabajo formal. Hay mucha más informalidad en el trabajo femenino, una parte considerable de las trabajadoras mujeres son empleadas domésticas con contratos solo de palabra, con mayor riesgo de ser despedidas y con sueldos más bajos. Por el hecho de ser mujeres, seguimos cobrando menos que los hombres por igual trabajo. Y el otro elemento de esta división sexual del trabajo -que es el que da la base a los anteriores citados- tiene que ver con el papel asignado por excelencia a las mujeres de ser responsables de la reproducción de la vida de todas las personas. Se trata de algo que el sistema necesita para mantenernos vivos y renovados para volver a vender nuestra fuerza de trabajo en el mercado, para seguir explotándonos: el trabajo de cuidado.

El salario mínimo está basado en lo que cuesta el conjunto de mercancías necesarias para reproducir la capacidad de un trabajador o trabajadora, de vender su fuerza de trabajo, que es lo que se conoce como canasta básica familiar. Dicho de otro modo, el cálculo del salario se realiza en base a lo que es necesario que el trabajador o la trabajadora compre para vivir, o sea, sobre una base mercantil. Pero lo que la gente puede comprar con el salario actual no es suficiente para poder reproducir la vida, para esto es necesario un trabajo adicional que es el trabajo de cuidado, llamado comúnmente trabajo doméstico.  Cuando un trabajador o una trabajadora recibe su salario y compra su comida en el mercado, antes de ser consumida se necesita cocinarla. Lo mismo pasa con los trabajos de limpieza del hogar, de crianza de los niños, de lavado de ropa, de planificación de estas tareas. Estos en general los realizamos las mujeres y esta realidad se ha construido socialmente como un valor ético que avala que sea nuestro deber, nuestro rol. Las mujeres trabajamos por mucho menos remuneración pero por muchas más horas. Debemos trabajar en la casa luego de nuestra jornada regular, sumando así muchas más horas que la media laboral de cualquier hombre.

Si estas tareas de cuidado y reproducción fuesen mercantilizadas, o sea, calculadas como parte de lo necesario para vivir, los salarios de toda la clase trabajadora deberían ser mucho mayores. La explotación de las mujeres posibilita los bajos salarios de toda la clase trabajadora.

El trabajo de reproducción de la vida, es decir, el trabajo de cuidado, dentro de la lógica del sistema capitalista se denomina como “trabajo improductivo” porque si bien mantiene el orden social de clases, no genera riquezas de forma directa al capital.

Un claro ejemplo para ilustrar cómo el trabajo de cuidado se invisibiliza, es el debate sobre la remuneración de las trabajadoras domésticas asalariadas, hay una dificultad de la sociedad entera para asumir los derechos que le corresponden como trabajadoras, incluso el más elemental, el del salario mínimo. Y las mujeres más explotadas son aquellas que han sufrido más con la colonización, las negras e indígenas. Reciben salarios menores y tienen jornadas dobles y triples.

Existe una estructura social que permite que se produzca esto. Es esa estructura la que tiene que ser modificada.

Mayor ganancia para la clase explotadora

Es múltiple el impacto con que este sistema golpea a las mujeres. Pero esta opresión tampoco es igual para todas las mujeres. El rol que juegan las clases sociales en la reproducción de la explotación es esencial y trasversal. En Brasil no es igual la situación de las mujeres negras no propietarias, en Paraguay la de las mujeres indígenas y en el mundo en general no es igual la situación de las mujeres no blancas.

Las contradicciones de raza y de género son manifestaciones sociales concretas de un sistema que universalizó la explotación sobre la base de la propiedad privada y la cosificación del ser humano, es decir, la mercantilización de la vida.

La explotación de las mujeres en esta sociedad forma parte de un sistema social que basa la producción de mercancías en el lucro, en la acumulación de ganancia. No habrá posibilidad de liberación de las mujeres o del fin de la subyugación racial en esta sociedad, porque precisamente esas divisiones producen mayor ganancia para la clase explotadora.

Si se tomara en cuenta el trabajo doméstico, los salarios se incrementarían y la ganancia capitalista disminuiría.

La reproducción cultural de la explotación

Es importante entender que estas condiciones de explotación se reproducen culturalmente. La sociedad capitalista está basada en una serie de valores instalados por las revoluciones burguesas que construyeron la idea de sociedad como una sumatoria de individuos iguales, y quien corresponde a esa idea de “individuo” es el hombre blanco propietario. El  hombre blanco encarna la idea universal de ciudadano. Esto es muy profundo y se refleja en prácticas muy recurrentes, como la de interrumpirnos cuando hablamos o explicar algo que recién dijimos como si no lo explicamos bien, escuchar con mayor atención cuando hablan hombres, mentirnos muchísimo. Todo esto tiene que ver con valorar a las mujeres por debajo de lo que se valora a un hombre y está dialécticamente relacionado con el valor de nuestra fuerza de trabajo.

Entonces, cuando en la práctica cultural, cotidiana, se valora –consciente o inconscientemente- a una mujer por debajo de lo que se valoraría a un hombre, estamos reproduciendo la división sexual del trabajo, y con ella, las relaciones de explotación. Incluso la construcción de la idea del amor en esta sociedad nos ubica en una situación donde debemos aceptar la explotación como parte de lo que nos toca hacer “por amor”.

Es indiscutible que la sociedad necesita de cuidados, entonces, no es que las mujeres tengamos que dejar de cuidar, son los hombres los que tienen que asumir también los trabajos de cuidado. La reproducción ideológica que nos reduce es la que nos hace creer que el hecho de que los hombres sean abusivos es normal, “es su naturaleza”, y con eso justificamos una serie de injusticias y maltratos.

Construir nuevas relaciones es revolucionario

La sociedad es una totalidad constituida por las relaciones entre sus partes. No destrabaremos una parte sin el todo. Luchar por lo nuevo es también construir lo nuevo. Tenemos que redoblar esfuerzos por combatir las relaciones de explotación que reproducimos en nuestra práctica cotidiana.

El ser humano es una especie que tiene cierta libertad porque puede imaginar y planear lo nuevo, mientras más reconocemos las contradicciones de la sociedad en que vivimos, mayor es nuestra posibilidad de superarlas, de decidir qué hacer. Pero si pretendemos que no existen no tenemos ninguna libertad de elegir. Quizás no podamos superar en esta época histórica todas las contradicciones, pero sí podemos avanzar. De hecho, esto es necesario para construir nuevas referencias sociales que sostengan ideológicamente nuevas prácticas.

El primer paso es luchar por demoler esta sociedad donde unos seres humanos tienen todo y otros seres humanos dan -literalmente- la vida para que esos pocos puedan tener todo. Y parte de esa lucha por una nueva sociedad, es el combate a nuestras propias contradicciones. Entonces, es fundamental dividir el trabajo de cuidado, que los hombres  no “ayuden” a las mujeres, sino que se asuman como co-responsables del trabajo de cuidado y de reproducción de la vida, que paren de mentirnos, porque con la mentira ponen en evidencia  que consideran que no somos capaces de lidiar con la verdad o que no merecemos la verdad. Que paren de abusar de nosotras, con violencia emocional, financiera y física. Que paren de violarnos, nuestro cuerpo no les pertenece. Que paren de creer que una mujer está siempre viviendo en función a conseguirse y retener a un hombre. Que no se aprovechen de nuestras inseguridades para conseguir espacios más favorecidos.

La construcción de nuevos géneros, la transgeneralidad, no pasa sólo por la reconstrucción de aquellas personas que se encuentran oprimidas, hay que construir nuevas formas de ser mujeres y nuevas formas de ser hombres, nuevas sociedades.

Noelia Cuenca**

*Marina Machado Gouvea (35) es Economista, Doctora en Economía Política por la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), docente de la Escuela de Trabajo Social de la UFRJ, investigadora y militante. Actualmente cumple como directora de la Sociedad de Economía Política de Brasil (SEP), miembra del Directorio de la Sociedad de Economía Política de América Latina y el Caribe (SEPLA) y miembra del Grupo de Trabajo: Crisis y Economía Mundial del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Coordina el Grupo de Estudios en Teoría de la Dependencia (UNILA-CNPq).

**Editora y redactora de Adelante!

***Adelante! es el periódico del Partido Comunista Paraguayo desde 1941. Resistió a la tiranía stronista durante 35 años circulando en forma clandestina. Actualmente se publica de manera mensual su versión impresa.

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Autor entrada: Convergencia Medios

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