Tres meses infiltrado en Glovo

Paul Iano, estadounidense, trabajó durante tres meses para Glovo en País Vasco. Lo hizo para conocer desde dentro las condiciones laborales de un tipo de empresa con una forma de funcionamiento ya habitual en Estados Unidos, en el que se externalizan los costes y se quedan solo con el beneficio.

Por PAUL IANO

(Extraído de El Salto)

Estoy esperando en la puerta de un elegante restaurante de hamburguesas fumando un cigarrillo. Reviso mi teléfono una y otra vez, observando cómo el reloj avanza constantemente. Llevo aquí ya una hora y me pagan cinco céntimos por cada minuto que espero a que un par de hamburguesas salgan de la cocina en una bolsa de papel marrón, momento en el que seré libre para hacer la única cosa que disfruto de este trabajo: montar en bici a una velocidad temeraria de noche por la ciudad.

Esta es la segunda vez que he estado aquí esta noche. Después, cuando haga un recuento rápido, me encontraré con que solo he pasado 70 de un total de 200 minutos haciendo mi trabajo: ir en bici e interactuar con los clientes. Los otros 130 minutos se han ido así, esperando comida. Esta ha resultado ser la parte principal de trabajar para Glovo: la espera.

Funciona así. Unos días antes te registras para hacer las horas que quieras esa semana. Si eres nuevo, solo vas a tener turnos de tarde, y la mayoría de ellos en fin de semana. Una vez que comienza el turno, esperas un pedido, lo que puede llevar un rato. Después, vas en bici al sitio. Y esperas a que preparen la comida, normalmente entre 10 minutos y una hora, dependiendo de la hora, del día y del restaurante. Una vez que la comida llega, le haces una foto a la factura y te pones en marcha hacia la casa del cliente, a menudo atravesando gran parte de la ciudad. Cuando llegas, el cliente firma en la aplicación que tienes en el móvil con su dedo, le das la comida y vuelves a la calle para esperar el siguiente pedido. Si no es un horario de mucha demanda, lo más seguro es que acabes llegando al centro antes de que te toque otro encargo, ya que los pedidos se reparten en base a la proximidad al lugar de recogida.

En teoría, puedes elegir “libremente” las horas de trabajo, y no hay consecuencias si cambias de opinión, incluso a mitad de turno. Pero, en realidad, casi lo único que hacemos es entregar comida y la gente solo quiere que se le entregue comida a determinadas horas. Por definición, esto significa que las horas de trabajo están más o menos predeterminadas, y son aquellas en las que preferirías estar relajándote con los amigos. Aunque es verdad que puedes cambiar de opinión, si lo haces muy a menudo tu “puntuación de excelencia” comienza a decaer, algo que afecta a la cantidad de horas que puedes trabajar y a la probabilidad de que recibas pedidos durante tu turno.

Dicen que podemos aceptar o rechazar pedidos, pero hacen todo lo posible para que activemos el “asignación automática”. Si elegimos no activar esta función, rápidamente perderemos puntos en nuestra puntuación de excelencia. Los pedidos solo aparecen en horas de alta demanda, y parece que los pedidos se le aparecen primero a quienes tienen activada la “asignación automática”. Por otro lado, si la activas, los pedidos fácilmente aparecen en tu teléfono, y, por alguna razón, los peores pedidos, con los tiempos de espera más largos, siempre parecen que llegan cuando tu turno está por terminar. Más que libertad, es una cuestión de elección; la elección de hacer exactamente lo que la empresa quiere, o perder tiempo y dinero. Pero el término libertad suena mucho mejor desde una perspectiva de marketing.

Incluso teniendo en cuenta todo esto, hasta ahora había sido sorprendentemente feliz con este trabajo. Me había inscrito como «colaborador» de Glovo para investigar la realidad de ser un trabajador a pedido en una de las empresas de más rápido crecimiento en España. Pero, como me gusta montar en bici y no lo había hecho mucho últimamente, resultó que me lo pasé  realmente bien. Al mismo tiempo, me costó entender cómo mis nuevos compañeros se lo montaban para llegar a fin de mes con este sistema. Yo no tengo una familia que mantener, ni una hipoteca que pagar, y trabajando todos los días de la semana en un trabajo físicamente exigente no me llegaba para cobrar mucho más que en mi trabajo anterior, enseñando inglés a tiempo parcial. Parecía una manera difícil de ganarse la vida, incluso aunque este trabajo te permita ahorrarte el gimnasio.

Algunas cosas influyeron en mi decisión de investigar Glovo. Vengo de Estados Unidos, pero me fui de allí hace unos ocho años. Fui parte de la primera generación de un “mundo feliz” de niños tecnológicos. Vimos cómo Facebook se convirtió en una marca conocida, cómo los Apple Ipods se transformaron en Iphones y cómo Netflix reemplazó a la televisión de la sala de estar. Pero me fui antes de que la cobertura de datos móviles y los teléfonos inteligentes cada vez más sofisticados permitieran que echaran raíces en la sociedad todas las posibilidades de un estilo de vida basado en las aplicaciones. Cuando era pequeño, internet era una nueva y sofisticada forma de buscar ayuda con las tareas de la escuela secundaria y jugar gratis en línea. Para cuando me fui, los primeros signos de una transformación en el tejido social y laboral estadounidense habían comenzado a hacerse visibles. Los cambios destructivos precipitados y alentados por las compañías tecnológicas y la gig economy son factores importantes en la calidad de vida decreciente que elegí dejar atrás, y su ausencia aquí es parte de lo que protege la impresionante calidad de vida de la que disfruto ahora.

Viviendo aquí, en el País Vasco, me siento obligado a llamar la atención sobre Glovo y sus similares. Aquí hay un fuerte sentido de la excepcionalidad y no siempre un gran entendimiento de las tendencias internacionales, lo que hace que la gente realmente se sorprenda cuando describo algunas de las condiciones de vida en los Estados Unidos modernos: altos costos, 60 horas de trabajo a la semana y una generalmente miserable calidad de vida. En la tierra de las oportunidades, los maestros de escuelas primarias y secundarias necesitan un segundo y tercer empleo para pagar el alquiler, las personas con enfermedad mental no reciben tratamiento —ya que millones de personas carecen de cualquier tipo de cobertura médica— y los asegurados pagan al menos 500 dólares al mes por pólizas familiares que apenas cubren lo básico. Las vacaciones y la jubilación son prácticamente desconocidos, se espera que los empleados respondan correos electrónicos y llamadas laborales a cualquier hora, las familias con empleo completo no pueden pagar el cuidado infantil y la educación superior cuesta entre 20.000 y 40.000 dólares al año de media. En las áreas o regiones rurales aisladas, a las que la economía ha dejado atrás a medida que el trabajo tecnológico reemplazaba a las fábricas, no suele haber trabajo. En las zonas urbanas ricas donde el dinero de la tecnología se congrega, hay mucha oferta de trabajo, pero las condiciones impuestas a la clase trabajadora suelen ser sombrías o absurdas, e incluso con salarios altos, largas horas y múltiples empleos no se llega para mantener el ritmo de las crecientes rentas.

En el País Vasco, sin embargo, los sindicatos y la mano de obra especializada han retrasado mucho este proceso. Desde aquí puede ser difícil ver el peligro planteado por un grupo de bicicleteros con mochilas amarillas. Pero los grandes cambios siempre comienzan con pasos pequeños, casi imperceptibles, que lentamente normalizan un nuevo estatus quo. Como estadounidense que vive en el País Vasco, decidí que no me sentía cómodo cuando estas fuerzas ganaron terreno aquí.

Así que, para luchar contra Glovo, decidí convertirme en uno de ellos. Asistí a reuniones de dos horas de duración y configuré mi nuevo estado de contratista con una empresa que procesa el papeleo de los empleados. Fui inmediatamente contratado sin ningún proceso de selección. Durante todo el “proceso de entrevista” solo me hicieron una pregunta: “¿Bicicleta o motocicleta?”.

En mi primera noche estaba nervioso y emocionado. Esperando fuera de mi casa, encaramado nervioso en mi bicicleta, después de unos 20 minutos que me parecieron que no tenían fin, tuve un pedido y me apresuré a comenzar mi turno. Divertido y frustrado, pasé la siguiente hora intentando que la aplicación y el equipo de soporte recibieran la foto que había tomado de la factura. Después de eso, finalmente, agonizante, logrando demostrar que había encontrado la bolsa de alimentos correcta, se agotaron mis datos de móvil de todo el mes. Tras deducir el IVA, hice ocho euros en tres horas.

La noche siguiente conseguí un pedido en los primeros 30 minutos, pero se me pinchó la rueda y tuve que pasar la siguiente hora y media caminando desde el centro de la ciudad hasta la ubicación del cliente, y de nuevo a la ciudad. El día después de eso, el nuevo tubo para mi bici que había comprado resultó ser defectuoso, y no pude hacer nada excepto tratar de arreglar mi bicicleta. Fue una primera semana estresante, e hice un total de alrededor de 30 euros que pagaron aproximadamente la mitad de lo que Glovo me cobró por la mochila.

Pero, después de arreglar mis neumáticos, solucionar el problema de la aplicación, prepararme con herramientas de emergencia para reparar la bicicleta, salí nuevamente la semana siguiente. Sorprendentemente, salió bien. Pasé un total de alrededor de 33 horas trabajando para Glovo, no se me pinchó ninguna rueda y gané 271,23 euros, antes de restar el 21% de IVA en lo que luego supe que fue una semana inusualmente buena. Pero más interesante, resultó que me había estado perdiendo la emoción de ir en bicicleta, la sensación de confianza que tengo en las dos ruedas. Después de décadas de esquivar el tráfico, puedo ver casi el futuro, sabiendo dónde se abrirá un espacio en el tráfico antes de que exista. Mientras vuelo por las calles oscuras, solo y rodeado por una sociedad que se consuela en comidas familiares y reuniones amistosas, me deleito en mi capacidad de conocer los flujos de los semáforos y los hábitos de los peatones, lo que me permite no reducir la velocidad en las intersecciones más complejas. Siento el viento en la cara, la quemazón de mis muslos sobrecargados de trabajo y empujo hacia mi próximo destino, todo al servicio de la industria de alimentos a pedido.

Es posible confundir mi entusiasmo por el ciclismo con la razón para promocionar Glovo, pero el problema con Glovo no es que el trabajo se haga en bici. Deliveroo y Glovo a menudo intentan excusar sus condiciones de trabajo al afirmar que los empleados consideran que su trabajo es “divertido”. Pero es una peligrosa combinación de afición y necesidad. Solo porque me gusta enseñar inglés no significa que deba tener problemas para pagar mi renta. Lo mismo pasa con Glovo. De hecho, los mensajeros han existido durante décadas. Estoy lejos de ser el primer punk anarquista en encontrar una sensación de libertad al navegar una ciudad sobre dos ruedas. Pero en el pasado, estas habilidades fueron recompensadas con altos salarios y estatus de empleado.

El problema con Glovo es el modelo que está tratando de normalizar en la sociedad y la economía, solo por accidente relacionado con el ciclismo urbano. Después de todo, Glovo no es la única compañía que está “revolucionando” una industria, son parte de una tendencia global encabezada por Uber, Airbnb, Amazon Flex, WeWork y docenas más como ellos. Estas empresas forman parte de una nueva tendencia, en la que los trabajadores son contratados como autónomos en lugar de empleados, y son administrados por una aplicación en lugar de un jefe. Son parte de una nueva evolución del capitalismo que se ha convertido en la tendencia de negocios de más rápido crecimiento en Estados Unidos. Allí, este tipo de “plataformas” funcionan en casi todos los sectores imaginables. Camioneros, servicios de limpieza, taxi, compras de comestibles y casi cualquier cosa que pueda imaginar ahora se hace usando estos servicios.

Estas empresas han encontrado un vacío legal que crea una dinámica de poder totalmente unilateral entre ellos y sus trabajadores. En los trabajos tradicionales, la fuerza laboral disfrutaba de una cierta cantidad de poder de negociación, un poder que fluía naturalmente de las cualidades fundamentales de las empresas que generaban su propio valor. Las industrias mejor sindicadas han sido aquellas en las que los empleados se congregaron en lugares específicos, se beneficiaron del recurso legal de las leyes de negociación colectiva y, lo que es más importante, compartieron fuertes lazos sociales fuera del lugar de trabajo que incentivaron el comportamiento cooperativo.

Glovo —y compañías de este tipo— ha creado una situación en la que ninguno de esos factores existe. En lugar de lamentarnos juntos sobre nuestros trabajos, a mis compañeros de trabajo y a mí nos incentivan a competir unos con otros a través de puntuaciones que dictan cuándo podemos trabajar y cuánto trabajo tenemos durante nuestros turnos de trabajo. Como mi jefe nos dijo a mí y a otro posible mensajero de Glovo: “Sois compañeros de trabajo, claro, pero también sois competidores”, una filosofía que invade todos los aspectos de nuestro trabajo. Para empeorar las cosas, no tenemos un lugar de reunión central. Los compañeros de trabajo solo se encuentran en las áreas de espera de los restaurantes que no pueden hacer una hamburguesa en menos de una hora.

En la gig economy, las personas que ya están aisladas se ven obligadas por necesidad a un trabajo aún más aislado. El idioma, el estatus legal u otras desventajas pueden ser una barrera tanto para conseguir un buen trabajo como para organizase. Aquellos que disfrutan de un lugar social y financiero seguro pueden permitirse afirmar sus intereses y pueden optar por alejarse de una mala opción. Pero para los trabajadores en situación precaria, poner en peligro un trabajo que es difícil de adquirir se convierte en un riesgo demasiado grande a asumir. En Glovo, la mayoría de nosotros no tenemos otro trabajo al que recurrir, y algunos de mis compañeros de trabajo llevaban desempleados tres años antes de convertirse en mensajeros. A nivel estatal, antes de encontrar su trabajo actual, uno de cada cinco empleados de la gig economyhabía sufrido un largo período de desempleo.

Cuando también se considera que casi no tenemos recursos legales debido a nuestro tipo de contrato, las cosas comienzan a parecer bastante feas. Trabajamos en un mundo donde nuestros lazos sociales son frágiles y fugaces; donde, si nos lastimamos, podemos esperar poca o ninguna ayuda, y es difícil no ver a nuestros compañeros de trabajo como obstáculos para obtener otro pedido. Esto se traduce en un entorno de trabajo que nos enfrenta entre sí de una nueva y eficiente manera, impulsado por las posibilidades de geolocalización, teléfonos inteligentes y una población precaria desesperada por cualquier tipo de trabajo sin importar las condiciones. Al mismo tiempo, compañías como Glovo han tenido éxito en eliminar todos los elementos estructurales del empleo anterior que unieron a los trabajadores y les permitió trabajar hacia mejores condiciones. Somos una clase de inmigrantes inadvertidos y mal pagados, con pocas opciones, y esto diezma las posibilidades de poder de los trabajadores. Dado todo esto, ¿a quién le puede sorprender que ganemos en promedio entre un 62% y un 43% menos que los trabajadores de la economía tradicional?

 
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Autor entrada: Convergencia Medios

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