Declaración 1° de Mayo

Me matan si no trabajo, y si trabajo me matan.

Siempre me matan, me matan, ay, siempre me matan… (Viglietti – Guillen)

La esencia del actual ciclo de la lucha de clases se caracteriza por  diversas movilizaciones sociales que han ido agrietando la política de los consensos desde el inicio de la “transición pactada”, lo cual ha desencadenado una disputa interburguesa del bloque dominante, el cual se reorienta ante las alteraciones en  el  balance  de  fuerzas  y  busca  los  ajustes  al  régimen  político  que  le  permitan  seguir  legitimando  y profundizando esta democracia protegida y el proyecto neoliberal en general. Dicha disputa, junto con las transformaciones mismas desplegadas por el neoliberalismo, han ido reconfigurando las representaciones, identidades  y  alianzas  de  clase,  lo  cual  ha  sido  aprovechado  por  la  pequeña  burguesía  para  articular  sus intereses y visualizar su discurso, lo que también, pero en menor medida, han logrado las clases populares.

Para el movimiento de trabajadores/as, en gran medida las luchas actuales expresan el retorno a las banderas que levantó en los ochenta: Fin al Plan Laboral, a las AFP, a las Isapres, a la represión y criminalización de la protesta y la organización; y el derecho a negociar y a la huelga.  Sin embargo, pasadas  ya  algunas  décadas,  es  claro  que  los/as  trabajadores/as  hemos  perdido  nuestra  capacidad orgánica unitaria, el rol político protagónico alcanzado y el proyecto socialista impulsado.

La transición pactada rebajó los objetivos históricos de la CUT única de Clotario Blest. De esta manera, la CUT se ha transformado e instrumentalizado como resultado del acuerdo político concertacionista con la dictadura  militar.  La  Concertación  conservó  el  modelo  de  relaciones  laborales  y  los  años  noventa significaron la consolidación de las políticas neoliberales. En este contexto se dieron en 2010  los acuerdos de la CUT con el gobierno en materia de flexibilidad laboral para los jóvenes y las mujeres, y los Acuerdos Marco de 2011 y 2012 entre la CUT y la CPC, los cuales legitimaron las políticas de precarización laboral.

Además,  el  proyecto  neoliberal  ha  impuesto  con  fuerza  profundos  cambios  políticos,  económicos, culturales y sociales que hemos debido afrontar y resistir, y que han reconfigurado nuestra identidad como trabajadores/as y fragmentado nuestras fuerzas.

En la actualidad, observamos en el sector industrial y exportador una franja obrera más calificada desde el punto de vista técnico, pero con una conciencia de clase mucho más débil que la vieja clase obrera del ciclo desarrollista  que  aún  intenta  dejar  su  legado;  una  franja  urbana  clásica  del  sector  público  e  industrial- exportador con un nivel de conciencia mayor, que mantiene ciertos métodos de lucha producto de su larga trayectoria  histórica;  una  nueva  franja  del  proletariado  urbano  compuesto  por  el  sector  de  servicios, principalmente del retail, con una conciencia de clase muy débil debido a su breve existencia histórica; un proletariado campesino con una conciencia de clase mucho más atrasada dadas sus peores condiciones de explotación  y  dominación,  siendo  el  sector  de  temporeras/os  el  más  representativo;  un  importante  sector “periférico”  urbano  producto  del  desempleo  estructural  y  el  narcotráfico  impulsado  por  el  desarrollo neoliberal;  un  sector  profesional  precarizado  nacido  de  la  expansión  de  la  educación  universitaria  y  más afectado por su reciente o ascendente proletarización, y por lo tanto más explosivo; y un sector pequeño- burgués, dividido entre aquellos/as integrados al modelo y que mantienen su posición histórica por intentar escalar hacia la burguesía acumulando e incorporando mano de obra, y aquellos/as que no encuentran cabida “natural”  en  la  formación  económico-social,  y  por  lo  tanto,  también  más  explosivos.  Además,  las estruendosas voces que nos tomamos el ocho de marzo las calles de nuestras ciudades hemos recordado que el trabajo doméstico y de cuidado, aunque muchas veces no sea remunerado, sigue siendo trabajo. Y que los trabajadores/as de Rappi, Uber, entre otros, no tienen nada de colaboradores ni de socios, pero mucho de explotados y sin derechos tan básicos como a una jornada máxima de trabajo, un salario digno y seguridad social. De esta forma, la clase obrera no ha desaparecido ni perdido centralidad, pero sí ha cambiado. Las tecnologías y ganancias de los empresarios avanzan, pero la explotación queda.

De  esta  manera,  la  debilidad  del  movimiento  de  trabajadores/as  es  resultante  tanto  de  la  política antisindical impulsada  por el bloque dominante,  pero también  por los profundos cambios políticos, económicos, culturales y sociales que implicó el proyecto neoliberal y que han debilitado a la clase.

Los  cambios  han  sido  grandes,  y  han  provocado  desorientación  y  dispersión,  lo  cual  se  expresa  en  los sucesivos quiebres de la CUT, que han derivado en la actualidad en la conformación de al menos 4 centrales sindicales más: CAT (1995), UNT (2004), Central Clasista (2018) y la  CTCh de Arturo Martinez  (2018). Más  allá  de  las  diferencias  políticas  e  intenciones,  ninguna  ha  podido  convocar  y  recuperar  la capacidad orgánica unitaria. Sin embargo, el problema no se resuelve apuntando a una central.

El problema de fondo es la precariedad laboral. Las transformaciones han sido tales, que no se han logrado interpretar las actuales condiciones de la clase, la cual porta nuevos patrones culturales y de consumo: la despolitización, el individualismo, la alienación, la competencia y el consumo desmedido que provoca gran endeudamiento, todos aspectos los cuales son reproducidos por la publicidad y el marketing, los medios de comunicación masiva, la cultura burguesa y una educación exitista. Y esto, junto con condiciones materiales de vida insuficientes, alimentación irregular, baja asistencia médica, altos  niveles  de  estrés,  largos  tiempos  de  trayecto  al  trabajo,  bajos  salarios,  inestabilidad  laboral  y miedo latente al despido y la cesantía.

Sin  embargo,  también  hay  lucha.  En  los  últimos  diez  años  hemos  presenciado  contundentes  conflictos laborales en al menos dos franjas de la clase trabajadora:

– Las  movilizaciones del sector  público,  en  donde podemos  destacar  principalmente a  trabajadores/as del registro civil, el gremio de profesores/as y los/as honorarios/as.

– Las movilizaciones del sector rentista/extractivista, principalmente las dadas por trabajadores precarizados de los sectores forestales y mineros (2007),  salmoneros (2008),  portuarios (2012),  pescadores artesanales (2016), y las históricas huelgas en la minera privada Escondida (2017) y en el puerto de Valparaíso (2018).

La fuerza de la clase trabajadora ha demostrado que se puede desbordar la ley cuando ésta no es justa. Estas luchas han alterado parcialmente la dominación y subordinación política de las clases trabajadoras chilenas, aunque sin capacidad aún de convertir la movilización en fuerza efectiva,  y menos aún de constituir una alternativa independiente y políticamente gravitante, pero donde el elemento común de éstas, y otras luchas de menor intensidad, es la lucha contra la precariedad laboral.

Sin  embargo,  el  panorama  que  enfrentamos  como  clase  es  adverso.  En  estos  momentos,  el  empresariado toma  la  batuta  y  pretende  profundizar  el  modelo  que  impuso  con  sangre  y  fuego  en  dictadura.  Lo  viene haciendo desde el 80 a la fecha, sin interrupciones. Y de no encontrar resistencia, lo seguirá haciendo. Los ejes de esta nueva Reforma Laboral son claros: flexibilidad laboral, aumentar la transferencia de recursos públicos a los privados y reducir el poder de los sindicatos en la negociación colectiva.

Así,  un  desafío  concreto  está  marcado  por  la  necesidad  impulsar  un  proceso  unitario,  de  lucha  y reorganización.   El   trabajador   y   la   trabajadora   deben   hacer   la   experiencia   de   que,   asociándose   y organizándose, pueden defenderse y conseguir una solución más integral a sus problemas, enfrentando en forma colectiva sus problemas y observando que pueden tener solución. El proceso de reorganización tiene que  hacerse  bajo  nuevas  formas  y  condiciones.  La  competencia  en  el  trabajo  y  en  los  salarios  debe  ser resuelta   con   reglas   y   democracia   sindical.   Las   insuficientes   condiciones   materiales   de   vida   deben solucionarse  colectivizando  recursos.  Es  necesario  buscar  las  formas  de  solidaridad  y  unión  posibles  de implementar  entre  trabajadores/as.  Además,  este  proceso  de  unidad  debe  considerar  la  emergencia  del movimiento feminista, el cual abrió una nueva situación el 8 de Marzo. Si bien habría que considerar que debido a las características del movimiento feminista en Chile, éste está lejos aún, de ser bandera de lucha de la totalidad de las mujeres trabajadoras, que si bien levantan demandas como el fin a la brecha salarial, igualdad  de  acceso  a  los  trabajos  o  la  incorporación  de  protocolos  contra  el  abuso  y  acoso  sexual  en  el trabajo, no adhieren de manera completa al programa o no se sienten representadas (todavía) por la totalidad de  las  demandas  feministas.  Sin  embargo,  encontramos  aquí  un  gran  desafío  a  trabajar,  basado  en  la necesidad de incorporar la perspectiva feminista como eje estratégico de lucha en los sectores donde nos encontramos insertos y en donde se encuentren las mujeres trabajadoras, ya sea desde el espacio formal o informal.

Los sectores de avanzada que ya han dado importantes luchas llevan parte de esta camino ya recorrido. La lucha contra la explotación se ha ido dando en diversos frentes y en algunos casos con victorias concretas que  han  alentado  a  los/as  trabajadores/as.  Sin  embargo,  hay  que  cuidarse  del  gremialismo.  Una  vez consolidada la unidad hacia adentro de un sector, es necesario buscarla hacia fuera, generar la vinculación en un frente común con otros gremios y sectores de trabajadores/as, en donde abordar las exigencias que ya se  vienen  palpando  desde  la  base:  unidad,  transparencia,  fin  a  la  burocracia,  feminismo  y  democracia sindical.

Este primero de mayo nos pillará atomizados y fragmentados, pero también enrabiados/as, encabronados/as, sabiendo que la única forma de transformar nuestra realidad y la de nuestras familias es luchando.

Este primero de mayo, seguimos luchando por un mundo sin explotación. Seguimos luchando por una vida digna.  Seguimos  luchando  junto  a  millones  de  trabajadoras  y  trabajadores  a  lo  largo  de  todo  el  mundo. Seguimos luchando hasta que la dignidad se haga costumbre.

Este  primero  de  Mayo  convocamos  a  la  mujer  trabajadora,  a  los/as  jóvenes  trabajadores,  a  los/as trabajadores/as  en  general:  a  construir  poder,  fuerza  y  alternativa  capaz  de  interpretar  y  organizar  esta realidad. He ahí nuestra tarea.

Contra la precarización laboral

¡A construir el poder de la clase trabajadora!

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Autor entrada: Convergencia Medios

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