Por un aborto que transforme el modelo de salud

Por Catalina Figueroa, Militante Convergencia 2 de Abril

Desde hace varios años dentro del movimiento feminista, han existido posiciones contrarias en torno a la legalidad del aborto. A pesar de existir consenso sobre que no existe ninguna causal por la cual pudiese negarle a una mujer el aborto hasta un número específico de semanas de gestación, la legalidad y, por ende, dónde y quién entrega las prestaciones es lo que genera diferencias.

El concepto “legal” suele referirse a que los abortos sean realizados por los organismos del Estado y que exista una regulación para acceder al misoprostol. Este concepto logró ser instalado este año en Chile, debido a la consigna argentina y a la visibilidad que ha tenido esta apuesta, pero aún existen feministas que no están de acuerdo con la legalidad, quienes consideran que no debiese haber una regulación para la adquisición del fármaco y que los abortos se debiesen poder seguir realizando sin supervisión estatal.

Es sin duda gracias a quienes han confiado en los abortos en casa, que hoy muchas más mujeres tienen acceso a abortos clandestinos. Gracias a las redes internacionales y nacionales hemos logrado formarnos en los procedimientos para realizar un aborto y conocer las vías de acceso a misoprostol. Pero no podemos obviar que las condiciones en las que se hacen los abortos, sobre todo de las mujeres más precarizadas, siguen siendo indignas y riesgosas. Mi propuesta, específicamente, intentará primero alejarse de una demanda que sólo busque despenalizar legalmente el aborto y, segundo, que pretenda dejar de lado la exigencia de abortos en casa. En contraposición, intentaré valorizar la necesidad de un sistema de salud digno, que se haga cargo de los abortos de la población en centros de salud, como eje central de la demanda por el aborto.

Primero, durante el mes de agosto vimos cómo las diputadas de la oposición inscribieron un proyecto de despenalización legal del aborto. Con la argumentación de abrir la agenda en Chile y avanzar un paso hacia su consecución, se presenta un proyecto de ley que pretende eliminar el aborto del Código Penal y debido a que las diputaciones no pueden proponer proyectos que impliquen financiamiento estatal, éste no incluye ninguna propuesta que permita cobertura. Impulsar la demanda por el aborto, sin pensar en lo fundamental que es en ella el financiamiento, me parece un error, porque le estamos quitando a una demanda central del movimiento feminista su perspectiva de clase. Una despenalización que no lleve aparejada regulación estatal permitirá por un lado la mercantilización de los abortos, entregándoles el negocio a privados y restringiéndolo nuevamente a las mujeres más privilegiadas. Levantar esta bandera, además, podría convertirla en la centralidad de la demanda por el aborto, lo que evidentemente sería un retroceso. La exigencia al Estado de cobertura y regulación es fundamental para el acceso universal y para favorecer procesos libres de riesgos.

Segundo, por qué creo debemos alejarnos de las demandas de abortos en casa. Sabemos bien, que los abortos en casa pueden ser realizados de manera relativamente segura, si contamos con los exámenes previos necesarios y la supervisión de alguien capacitada. Pero, también sabemos, que siempre podemos enfrentarnos a un imprevisto que requiera atención especializada y una infraestructura que no se encuentra en el hogar. Cuando pensamos qué otros procedimientos médicos han sido llevados a la casa, aparecen los partos que alejan, principalmente a mujeres adineradas, de los hospitales y clínicas, llevándolas nuevamente a sus casas. Esto ocurre, principalmente, porque los niveles de violencia sufridos en el hospital no permiten llevarlos a cabo de buena manera. Las mujeres deben colocarse en posiciones incómodas y no fisiológicamente adecuadas, muchas veces les realizan cesáreas innecesarias, les gritan y se enojan con ellas si no “pujan bien”, les dan medicamentos para apresurar el proceso y así un largo etcétera. La mayoría de todas estas cosas ocurren en contra de su voluntad o a espaldas de ellas y como la mayoría de los procedimientos en los centros de salud, terminan sometiendo y adoctrinando los cuerpos, principalmente de las mujeres.

Atendiendo a este diagnóstico, me parece totalmente entendible querer realizar el propio aborto, un procedimiento que puede durar más de 10 horas y se basa en la hemorragia con la expulsión de varios coágulos, en la comodidad calentita del hogar, alejada de la violencia obstétrica. Pero ciertamente existen dificultades en proponer un aborto seguro y gratuito sin regulación en la venta de misoprostol y sin una cobertura asegurada por el Estado. No es posible pensar que un medicamento que genera ese tipo de hemorragias se entregue sin una supervisión previa que incluya, por lo menos, el visto bueno de un profesional para realizar el procedimiento. Y sabemos que la única forma de asegurar el acceso a toda mujer es que sea el Estado quien administre la prestación del servicio. Enfocarnos entonces en volver a recluirnos en el hogar, no debiese ser nuestra demanda, debiésemos continuar disputando los espacios públicos que nos pertenecen, en este caso, los hospitales y centros de salud.

Creo que nunca he escuchado a una persona decir que está contenta con el modelo de salud actual, que no le complique llegar al SAPU y esperar 5 horas para que le atiendan, que adore ir a la consulta con el médico porque le pregunta por toda su familia, recuerda su nombre y lo mira a los ojos durante toda la consulta. Y sin las limitaciones de la espera y la falta de especialistas, ni siquiera en el sistema privado las personas sienten que son bien tratadas por los trabajadores, técnicos y profesionales de la salud. Como mencionaba, el sistema de salud completo es uno que nos violenta, y por lo tanto la lucha debe centrarse en cambiar este modelo de raíz. Los y las niñas no pueden tener miedo de las batas blancas, las mujeres no podemos dejar de ir a la matrona porque nos juzga cada vez que la visitamos, los hombres no pueden seguir dejando de lado su salud como lo hacen hoy. Levantar una soberanía sobre nuestros cuerpos es también levantar una atención en salud digna, que nos permita acceder de manera responsable y consciente a esta soberanía. 

Los hospitales y todos los centros de salud son, como muchos espacios de nuestra vida, lugares donde se reproduce el sistema, lugares donde se reproducen nuestras formas de pensar y la fuerza de trabajo misma. Dejar de lado la disputa por estos espacios, presentando proyectos que no aseguren su funcionamiento e impulsando demandas que alejen a las mujeres de estos lugares, significará seguir presentando al feminismo como una demanda parcial sin una perspectiva totalizante. Hemos luchado durante años por salir de nuestras casas y dominar el espacio público, no volvamos a ellas y sigamos disputando los espacios que nos pertenecen. No dejemos de lado la batalla por cambiar los lugares en donde se reproduce nuestra vida.

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Autor entrada: Convergencia Medios

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