Estatuto Laboral Juvenil: la precarización se viste con piel de progreso

[su_quote]El Gobierno está siguiendo las recomendaciones de la Confederación de la Producción y Comercio (CPC), multigremial que reúne a los empresarios del país, ha hecho hace varios años: “Se recomienda avanzar hacia una mayor flexibilidad de la jornada laboral. Se hace necesario permitir que trabajadores y empleadores puedan pactar libremente la discontinuidad de la jornada laboral y el trabajo por horas, con el fin de que ambos puedan compatibilizar sus necesidades». Así de explícito era el gremio empresarial a principios del 2017 en el Informe «Desafíos de la Productividad y el Mundo Laboral» desarrollada por la OIT, en su afán de cooptar más aún al sector juvenil y desregularizar sus condiciones de empleo.[/su_quote]

Por Cristóbal Centrón

Estudiante de Derecho – Universidad de Chile

Militante de ContraCorriente

Este jueves 12 de julio la Cámara de Diputados aprobó el Estatuto Laboral Juvenil, que viene a hacer carne las pretensiones de una clase empresarial representada en el Congreso por la derecha y los sectores reaccionarios de la izquierda transicional, y en el ejecutivo por los mismos empresarios y sus familiares, que por medio de este proyecto renuevan su compromiso con la precarización vestida de flexibilidad que tanto económica como políticamente han defendido a ultranza, desde los directorios de sus empresas, como ahora desde el gobierno central del Estado.

Y resulta del todo problemática dicha iniciativa, toda vez que regula y viene a precarizar aún más el trabajo de un sector de la población que ha sido agente movilizador en los últimos 10 años en la contingencia nacional. El espectro juvenil y adulto joven, que desde el año 2000 hasta estos días han sido agentes dinámicos en moldear las agendas nacionales en torno a las demandas de una educación gratuita, de calidad y no sexista, reflexionando, movilizando, y disputando el paradigma educacional como un derecho social y no como un bien sometido a las condiciones del mercado, se alzan en esta pasada como los sujetos en que sus derechos laborales básicos son eliminados por las siempre más importantes intenciones de eficiencia e incentivos a crear nuevos empleos por parte de los empleadores.

Según cifras de la OIT, Chile registra una tasa de participación laboral juvenil (entre 15-24 años) de un 36%. Permanentes han sido las pretensiones del empresariado de incluirlos al mundo de la productividad laboral, junto con las mujeres y personas de la tercera edad. Y es que ven en estos grupos vías de escape a las ganadas de los derechos laborales básicos que los trabajadores han conseguido, a punta de lucha, en el mundo del trabajo y su regulación. El empleador, ocupando las nuevas reglas que quitan derechos básicos a los trabajadores estudiantes (¡derechos como el descanso dominical consagrado en 1917!), comenzará a reemplazar a los demás empleados por estudiantes, que costarán menos.

Las razones de desarrollar esta agenda por parte del ejecutivo de derecha son claras y acordes a todo su programa en materia educacional: el joven que quiere acceder a los servicios básicos transados en el mercado debe esforzarse y trabajar. Y si quiere estudiar, no siendo parte del ahora más amplio pero acotado sector focalizado de los beneficios estatales, debe estudiar y trabajar. Y aunque resulte paradojal, lo que viene a hacer precisamente esta nueva ley, a pesar de las pomposidades en las declaraciones del Ministro del Trabajo, es a desmejorar la situación del estudiante, que por necesidad de pagar sus estudios y los gastos asociados, trabaja, en un empleo que no le garantizará descanso dominical ni pago de horas extras, entre muchos otros derechos cercenados.

Claro es también en la lógica de materializar los anhelos históricos que la clase empresarial viene solicitando constantemente al Estado chileno, con la pantalla de formalizar las condiciones laborales de los jóvenes y aprovechar el potencial de asalariado con necesidades inmediatas que estos ostentan.

El Gobierno está siguiendo las recomendaciones de la Confederación de la Producción y Comercio (CPC), multigremial que reúne a los empresarios del país, ha hecho hace varios años: Se recomienda avanzar hacia una mayor flexibilidad de la jornada laboral. Se hace necesario permitir que trabajadores y empleadores puedan pactar libremente la discontinuidad de la jornada laboral y el trabajo por horas, con el fin de que ambos puedan compatibilizar sus necesidades». Así de explícito era el gremio empresarial a principios del 2017 en el Informe «Desafíos de la Productividad y el Mundo Laboral» desarrollada por la OIT, en su afán de cooptar más aún al sector juvenil y desregularizar sus condiciones de empleo.

Continuos, asimismo, han sido las preocupaciones de la clase patronal en torno a esta masa de la población y su inserción en el mundo productivo y laboral del país. Así, por medio de índices estadístico han seguido a la población juvenil, denominada NINI (ni estudian ni trabajan) y han recomendado, por medio de sus aparatajes burocráticos como el Banco Mundial, incorporarlos al mundo del Trabajo ya que su descuelgue de la clase trabajadora, reduce las posibilidades de desarrollo y progreso de los países. En Chile, según el estudio «Education at a glance 2017«, elaborado por la OCDE, la cifra de jóvenes que no estudian ni trabajan alcanza el 21% de la población entre 15 y 29 años, correspondiente a cerca de 500 mil jóvenes.

La generación de trabajos basuras, desprovistos de derechos laborales básicos, aplicados a un sector de la población laboral víctima de la deuda educacional a la más temprana edad productiva, y por lo tanto con una obligación prominente a necesitar de ese empleo, hace este avance de la clase empresarial, un grave y fuerte retroceso para la clase trabajadora, y para los estudiantes que durante años hemos pedido lo diametralmente opuesto: más derechos garantizados por parte del Estado y menos mercado y sus flexibilidades en nuestras vidas. Pero a la vez posibilita volver a reflexionar la relevancia que conlleva para lo estudiantil volver a posicionarse desde la clase trabajadora, de entender que la demanda por lo educativo no puede estar sino unida por la demanda de mejores condiciones de trabajo para la clase, que la mercantilización de nuestra enseñanza responde al mismo patrón de la precarización de nuestros trabajos, que las comunidades educativas no están ajenas a la desregularización de nuestro empleo. Que hoy somos estudiantes, mañana seremos trabajadores. Que hoy somos estudiantes, y hoy somos trabajadores. Que todas las luchas son, son una sola.

Ante esta avanzada empresarial, el pueblo debe, por su historia, responder con mayor y más organización.

Autor entrada: Convergencia Medios