¿Feminismo Mixto? Secundarios, pero no pasivos

Por Salvador Bello e Ignacio Silva, Militantes Convergencia 2 de Abril

En buena hora gran parte de los límites de la política del movimiento social se encuentran rebasados por la ola feminista. Los espacios donde la deliberación colectiva está comandada por mujeres ya son norma. Y si bien se han logrado observar apoyos de varones en distintos ámbitos, principalmente en tareas domésticas y de cuidado, permitiendo que sea posible la participación efectiva de las compañeras a partir de las tareas “auxiliares” a las que históricamente habían estado relegadas, es muy probable que más de alguno esté experimentando una cierta incomodidad al no ocupar ese lugar de poder-protagonismo-visibilidad al que siempre habíamos estado acostumbrados en las asambleas en particular, y en la política en general. En otros tiempos, nunca nos pareció extraño o problemático tener reuniones o espacios de deliberación sólo entre varones.

Aún así, a muchos esto del Feminismo nos sigue pareciendo bastante confuso (ni siquiera sabemos si los varones podemos ser feministas), tratamos de guardar un respetuoso (aunque en algunos casos, culposo) silencio, sin saber qué decir, qué hacer (más que apoyar). Ya hemos visto las legítimas reacciones de las compañeras cuando hemos intentado opinar, cuestionar o tomarnos el micrófono a nombre de su lucha, y seguimos sin saber qué decir. Otros, bajo la consigna de la “deconstrucción” comienzan a sentir el peso de analizar el machismo, las violencias y relaciones propias, percatándose de todas aquellas ocasiones en las que ocupamos nuestros privilegios sin ser del todo conscientes que existían (y el daño que provocamos), y seguimos sin saber bien qué hacer en estos momentos.

Es probable que parte de la molestia de las compañeras con los varones, provenga de nuestra capacidad para camuflar y sofisticar constantemente nuestras violencias, utilizar el feminismo como una nueva moda o para el cultivo de nuestra vanidad encontrando un nuevo lugar para el insoportable auto-centramiento masculino (en la auto-complacencia o en el auto-flagelo), observando el muy escaso esfuerzo que hacemos en involucrarnos en concreto con la lucha feminista; formándonos de manera muy somera, incluso delegando a las compañeras la tarea de educarnos cada vez que cometemos algún “error”; involucrarnos para la “selfie” en la lucha contra el patriarcado, pero no haciendo los esfuerzos necesarios para sacar adelante las tareas que permiten que esta lucha sea posible; declararse feministas sin cuestionar(nos) (ni) a nuestros amigos y varones cercanos los privilegios masculinos de los que constantemente nos beneficiamos, movilizándonos poco o nada por involucrar a otros hombres en erradicar la violencia y el abuso de nuestras prácticas personales y políticas; logrando así que las luchas feministas logren ser “sólo un problema de mujeres”.

Politizar la masculinidad

Entender el binarismo de género como un articulador de nuestra vida social y política, significa asumir que en tanto hemos sido socializados como varones en sociedades patriarcales, sin excepción, nos convierte en sujetos de privilegio, que por acción u omisión hemos ejercido, permitido o legitimado la violencia de género (en especial contra las mujeres).

Debemos ser capaces de desarticular el proyecto de la masculinidad tradicional y levantar una propuesta política en conjunto con los sectores de trabajadores que son sometidos a la división sexual del trabajo, las organizaciones sindicales del sector público y privado, como también poder abrir el debate en los sectores populares, en nuestras poblaciones junto a vecinos, amigos y cercanos, posibilitando las condiciones para avanzar hacia una conciencia política clasista, cuestión que el feminismo es capaz de impulsar por la transversalidad que encarna y por las exigencias de democracia real que interpela.

Tenemos la urgencia de politizar nuestras prácticas sexuales, las formas en que construimos nuestras relaciones sexoafectivas, de asumir que “lo personal es político”, no como consigna moralizante, sino que desde la acción militante, para sentar las bases de nuevas relaciones sociales -en clave antipatriarcal y anticapitalista- que sean capaces de enfrentar y superar la dominación masculina y la heteronorma, que se expresa en posesión, control y menoscabo a nuestras compañeras. Es decir, tomar una posición activa en la renuncia a nuestros privilegios, siendo conscientes de que es un paso necesario para la construcción de lazos de confianza y respeto con nuestras compañeras.

De nosotros depende ocupar los espacios de autoconciencia (desde asambleas hasta reuniones entre varones) que han surgido en torno a la movilización separatista, para desenmarañar los mandatos de la masculinidad tradicional, sus trampas (autocomplacencia, victimización, vanidad, etc.), sus tensiones y su poder en nuestras vidas, interpelándonos a articular (des)confianzas y espacios de aprendizaje distintos a los que nos ha acostumbrado el patriarcado (competencia, violencia, dominación, autocomplacencia, etc.), y permitiéndonos construir organización y práctica anti-patriarcal.

Socialismo y ¿Feminismo Mixto?: de cómo ser secundarios, y no pasivos.

La participación de nuestras compañeras y más mujeres en el movimiento de masas, no será posible si no asumimos como un objetivo estratégico la socialización radical de todos los aspectos de la vida con la centralidad en el trabajo, incluyendo el régimen social de cuidados, generando espacios de cuidado para las y los niños que hacen parte de nuestra lucha, asumiendo tareas históricamente minimizadas por ser consideradas femeninas, aboliendo la división sexual del trabajo en general y en las labores de cuidado en particular, haciéndonos cargo como varones de la importante tarea de la crianza colectiva de las nuevas generaciones.

Entendemos el funcionamiento del capitalismo patriarcal como un sistema de opresión unitario, por lo que tomamos una posición política clara desde el lugar que ocupamos en él, es decir, como clase trabajadora comprendemos las relaciones sociales e interpersonales en su conjunto como parte integrante de la relación fundamental capitalista, que producen y reproducen relaciones de explotación, dominación y alienación, constatando a su vez que para la transformación radical de la sociedad hoy más que nunca necesitamos dotar nuestra política de un feminismo de clase, o como hemos aprendido de nuestras compañeras: un feminismo socialista, popular, clasista y combativo.

El feminismo ha sido para millones de mujeres una herramienta para dotarse de existencia histórica, y no por eso los varones debemos identificarlo como un “problema de mujeres”. Es hora que asumamos que el feminismo aparece hoy como condición de posibilidad de las luchas democratizadoras de todo el pueblo y no como una consigna individual, moralizante o transitoria, comprendiendo la necesidad política del mismo como herramienta de lucha para interpelar y politizar el conjunto de relaciones sociales (productivas y reproductivas; laboral, familiar, personal, social, política, etc.) de las que somos parte en el Capitalismo Patriarcal, y ampliando nuestros niveles de conciencia respecto a nuestra realidad y el contenido estratégico de la lucha socialista, cuestionando nuestras tácticas, creando otras, e imponiendo ciertamente tareas políticas actuales y urgentes.

La violencia hacia las mujeres seguirá siendo una respuesta patriarcal como forma de restablecer el poder masculino, amenazado ante la ola arrolladora del feminismo y la precariedad económica que impone el modelo neoliberal. No puede haber vacilaciones, como varones necesitamos tomar una posición clara y activa en la erradicación de la violencia sexista en nuestras organizaciones y en el conjunto de la sociedad. Tomar responsabilidades en el ejercicio y legitimación de la violencia, visibilizarla, traicionar la complicidad machista con la que convivimos cotidianamente entre varones, a costa de mujeres y disidencias sexuales.

Necesitamos construir herramientas para la lucha anti-patriarcal (así como hemos intentado hacerlo para la lucha anti-capitalista), respetando la autonomía política de las mujeres (desde sus cuerpos hasta sus espacios de deliberación), sin que esto signifique un nuevo espacio de comodidad, pasividad o privilegio para los varones. Por último, si logramos hacer esto, plegarnos con humildad y acción contra el capitalismo patriarcal, entonces y sólo entonces, quizás seremos menos machos y más compañeros.

Autor entrada: Convergencia Medios